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Fotografía e Inteligencia Artificial (XIV)

Reconozco que cuando estaba recuperándome, con mis caderas aún convalecientes y todavía sin poder caminar más que unos pasos (y además con muletas), temí que dejase de gustarme cargar el equipo de fotos por el campo y me enganchase a pedirle al algoritmo las imágenes que en ese momento no podía ni buscar ni encontrar.

En realidad, ese temor no se hizo realidad porque me disgusta la informática, no disfruto especialmente de las pantallas y porque me encanta la experiencia de buscar en la Naturaleza cosas para fotografiar. Una vivencia que me sirve para crear fotografías, pero también para mostrarlas e intentar conectar con otras personas. Así que el resultado de mi práctica fotográfica, la imagen terminada, no es el único fin de esa experiencia «mística» en que a veces se convierte la realización de una foto.   

Además, hace tiempo que las obras artísticas –fotografías incluidas– dejaron de ser “«algo para contemplar». El crítico de arte Nicolas Bourriaud, y no fue el primero, ya lo afirmaba en 1997. Si solo hiciese fotos para poder mirarlas habría dejado de hacerlas hace muchos, muchos años. Disfruto enormemente contemplando fotografías (sobre todo las que me gustan), pero es solo una parte de un proceso bastante más complejo y enriquecedor. Salir con la cámara es una manera de retratar el mundo, aunque también y al mismo tiempo de percibirlo, crearlo y relacionarse con él. Las imágenes que uno crea configuran y delimitan el entorno donde vive.  

© Fernando Puche

La realidad que percibimos no deja de ser un «modelo de mundo» creado a partir de estímulos, sensaciones, recuerdos y certezas. Fotografiarlo supone materializar una experiencia (mayormente visual), aunque también crear un objeto, la foto, que a partir de ese momento se convierte en símbolo de esa experiencia. Mucha de nuestra concepción del mundo tiene que ver con las imágenes que vemos (dimensiones, color, belleza, espectacularidad, textura…), sean propias o ajenas. Todas se retroalimentan para dar lugar finalmente a una idea –cambiante y fugaz– de «eso que hay ahí fuera». La propia noción de «paisaje» es una invención del ser humano. 

La imagen contemporánea que tenemos de lo que nos rodea tiene mucho que ver con la infinidad de imágenes técnicas que hemos ido creando de nuestro hábitat. Por eso la fotografía retrata el mundo y al mismo tiempo lo crea dándole un aspecto concreto, que en muchos casos sirve como modelo y guía de lo que terminamos entendiendo como «mundo» o «realidad». Hacer fotos ha significado durante muchos años captar realidades que, al ser mostradas, configuraban la visión de millones de personas respecto a lo que no conocían y/o a lo que podían esperar en sus desplazamientos y en sus propias búsquedas fotográficas. 

Ahora que la IA puede generar imágenes «fotográficas» sin necesidad de tener delante lo que se desea retratar, puede que nos estemos enfrentando no solo a una modificación de nuestra percepción del mundo, sino a un nuevo paradigma respecto a la idea que tenemos de la persona que hace fotos. Si se cambia o amplía la noción de lo que es, o puede ser, una fotografía (algo que lleva variando desde su misma invención), es lógico pensar que también se modifique esa idea de la persona que hace fotos como la de alguien que sale «ahí fuera» con un artilugio determinado que coloca frente a eso que se desea captar y que genera una imagen en dos dimensiones, la cual representa algo similar, o no, a lo que vieron sus ojos.

© Fernando Puche

Y es este cambio de paradigma, entre otras cosas, sobre el que debemos reflexionar. Porque, si bien no veremos atrofiadas nuestras extremidades, o ni siquiera nuestros ojos, es posible que tengamos que enfrentarnos a un «atrofiamiento» de esa idea aún vigente de lo que es y hace un fotógrafo. Incluso aunque sigamos saliendo al campo con un aparato convencional (de esos que hay que montar sobre un trípode y poseen una lente acoplada para mirar a través de ella), recorriendo caminos y sufriendo las inclemencias del tiempo, no estaría mal que seamos conscientes de que los tiempos están cambiando. Y, nos guste o no, seguirán haciéndolo junto con la imagen que tenemos de la fotografía y del mundo. Tal y como ha sido desde el origen de los tiempos.

Quizá esta conciencia de cambio, esta impermanencia y fugacidad, nos sirva para disfrutar aún más de esos momentos (llevemos cámara o no) en que tenemos delante algo que está más allá de las palabras. Hoy en día, con la IA ya no es necesario ese ritual de cámara, localización y búsqueda, aunque nos puede quedar el triste consuelo de pensar que nuestros futuros descendientes sabrán que sus ancestros necesitaron estar en contacto con el mundo físico para crear esos objetos extraños que hoy llamamos fotografías. 

Se llama trascendencia y sirve para que nos sintamos algo menos insignificantes y le demos sentido a nuestra existencia (y a nuestras fotos). Un sentido que nos haga creer que la vida sirve de algo.

Fernando Puche


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En esta serie:
Fotografía e Inteligencia Artificial (Distopía Segunda)

Fernando Puche lleva casi cuarenta años haciendo fotos y casi veinticinco escribiendo sobre fotografía. Una cosa llevó a la otra y ambas a publicar libros. Seguramente son excusas para tener la cabeza ocupada, intentar ser mejor fotógrafo y escribir cosas que puedan interesar a los demás. Excusas para seguir experimentando la fotografía.

Web de Fernando Puche 

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