¡Por fin! Por fin vuelvo a las caminatas y a los bosques, a los espacios naturales y a la búsqueda de sensaciones. On the road again. Las últimas pruebas han confirmado que mis caderas están sólidas como el cemento y que puedo aguantar los esfuerzos a los que estaba acostumbrado. En mi cabeza retumba un sonoro «¡aleluya!» que evito pronunciar en voz alta para no perturbar la quietud de la consulta médica. Así pues, se acabó la recuperación, el reposo activo y la convalecencia. Ya estoy listo para la acción y en mi sangre bulle la adrenalina ante la perspectiva de volver a patear caminos con mi equipo fotográfico a cuestas. A su vez, en mi mente surgen las dudas sobre si me habré «oxidado» durante tantos meses de inactividad. ¿Sabré encontrar la senda que recorría hace un par de años? ¿Estaré a la altura?
Sé que no va a ser una escalera al cielo. Soy consciente de que me acostumbré a las pantallas, a la creación sin salir de casa, a los prompts y al confort del hogar. No sé si será duro, pero sí que tendré que lidiar con algo parecido a la frustración.
Salgo un par de veces con la cámara mientras la mente está ocupada intentando encontrar aquello que imagina. Ella me guía; si suena la campana dentro de mi cabeza, entonces hay que atraparlo. Esas expectativas y las convicciones sobre lo que merece la pena son las que dirigen mi proceso creativo. Una búsqueda física, sensitiva, corporal. Una búsqueda activa donde tú escrutas el paisaje, lo pisas, lo hueles. Donde, en cierto modo, tú formas parte de él.
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| © Fernando Puche |
Este regreso a mis rutinas ancestrales no está exento de todos los escollos y sesgos con los que he convivido durante tantos años. Las largas horas conduciendo, los madrugones, las caminatas, el frío o el calor, los criterios sobre la belleza, el miedo a fallar, a no encontrar algo que me seduzca. La dictadura de las expectativas, los gastos siempre excesivos, la elección de los lugares, la obsesión por no desperdiciar película. Dejémoslo aquí.
Todo esto hace inevitable que compare ese flujo de trabajo cómodo, casero, veloz y extremadamente limpio de la IA con mi vuelta al campo, a la climatología, a las cuestas, al barro en las botas o al sudor en el cuerpo. ¿De verdad merece la pena?
Si me aferro al resultado, entonces no hay color porque el algoritmo vence por goleada. Quizá la clave está en lo que la fotografía me ha dado y en lo que la IA no puede hacer. La fotografía me ha dado una manera de estar en el mundo, pero sobre todo un modo de relacionarme con él, de sentirlo con todo mi cuerpo. Un modo de estar presente, de abrazar sus luces, sus sonidos, sus olores, sus texturas. Y no solo a través de la cámara, sino a través de lo que me transmitía cada río, cada árbol, cada piedra y cada nube. Me ha dado una manera de vivirlo a través de la piel y los sentidos.
La idea de Vilém Flusser de que el ser humano crea herramientas, las cuales cambian a su vez nuestro comportamiento es algo, como él mismo asevera, perfectamente aplicable a la fotografía. La cámara como artilugio que modifica nuestra relación con lo fotografiado. Mucha de mi relación con el mundo natural y con los paisajes ha sido modelada por la práctica fotográfica y de algún modo sigo atrapado en esa dinámica de salir de casa, alcanzar lugares concretos, estar en contacto con aquello que fotografío, buscar cosas que me atrapen visualmente y regresar con el botín en las manos. Y esta experiencia, que he convertido en sagrada, ha definido la imagen que tengo de mí mismo como fotógrafo.
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| © Fernando Puche |
La IA viene a romper, en parte o en su totalidad, esto que hasta ahora me ha servido para definirme frente al espejo y también frente a los demás. Mi idea de lo que soy como fotógrafo ha sido conformada por la cámara, así que no se trata solo de elegir entre fotografía convencional o IA, sino de enfrentarme a una identidad que llevo construyendo muchos años y en la que, con lo bueno y con lo malo, me siento plenamente integrado.
El caso es que ahora que estoy sentado en la trasera de mi coche tras una pequeña excursión durante la cual he gastado un par de placas, pienso que si la clave está en lo que la IA no puede hacer (porque imágenes como las que hago puede hacerlas en un par de segundos), entonces me gustaría seguir disfrutando de esta maravillosa experiencia corporal y emotiva que vivo cada vez que estoy frente a algo que desafía las palabras. Porque ahora que puedo volver a vibrar mientras busco «ahí fuera» algo que resuene en mi interior, no sé si estoy dispuesto a perderlo.
Por tanto, puestos a pedir, lo que me gustaría de verdad es que el algoritmo lavase mis calzoncillos, trajera la compra, hornease el salmón, pelara las patatas, colgase la colada, barriera la casa y arrastrase el aspirador habitación tras habitación para dejarme algo más de energía y de tiempo para seguir creando fotografías que me emocionen y escribiendo textos como este.
Fernando Puche
Fernando Puche lleva casi cuarenta años haciendo fotos y casi veinticinco escribiendo sobre fotografía. Una cosa llevó a la otra y ambas a publicar libros. Seguramente son excusas para tener la cabeza ocupada, intentar ser mejor fotógrafo y escribir cosas que puedan interesar a los demás. Excusas para seguir experimentando la fotografía.


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