Reconozco que cuando estaba recuperándome, con mis caderas aún convalecientes y todavía sin poder caminar más que unos pasos (y además con muletas), temí que dejase de gustarme cargar el equipo de fotos por el campo y me enganchase a pedirle al algoritmo las imágenes que en ese momento no podía ni buscar ni encontrar. En realidad, ese temor no se hizo realidad porque me disgusta la informática, no disfruto especialmente de las pantallas y porque me encanta la experiencia de buscar en la Naturaleza cosas para fotografiar. Una vivencia que me sirve para crear fotografías, pero también para mostrarlas e intentar conectar con otras personas. Así que el resultado de mi práctica fotográfica, la imagen terminada, no es el único fin de esa experiencia «mística» en que a veces se convierte la realización de una foto. Además, hace tiempo que las obras artísticas –fotografías incluidas– dejaron de ser “«algo para contemplar». El crítico de arte Nicolas Bourriaud, y no fue el primero, ...
Había que volver a salir del paisaje clásico. No era obligatorio, qué va, pero si te descuidas te quedas encerrado toda tu vida entre cuatro patrones (o en menos): motivo, luz, composición y discurso. Hay más, claro, pero esto no va de categorías. Los paisajes de La Tierra Baldía me encantaban (qué voy a decir de mi obra, ¿no?) y, sin embargo, sabía que estaba utilizando las herramientas de antaño. Podría decirse que estaba mirando con ojos del pasado: texturas, profundidad de campo, colores y estética clásica. Hay épocas en que nos pasamos años entrando y saliendo de los mismos agujeros. Se llama repetición, y sin ello tampoco existiría el arte. Rutinas, modelos y patrones. A ver quién es el listo que crea algo sin basarse en ellos. Las exposiciones múltiples me habían introducido en la abstracción, pero sobre todo en una idea muy poderosa: la de que se pueden fotografiar cosas que no existen. Los movimientos de cámara, las rotaciones del chasis, las trepidaciones y demás triquiñ...