Es bueno asumir que el sentido de la vida, aun siendo algo importante y decisivo, puede llegar a ser tan cambiante o fugaz como las creencias, los gustos e incluso las modas. Así nos costará menos entender que las estructuras mentales rígidas y cuadriculadas son buenas para unas cosas, pero muy malas para otras. Por ejemplo, son un hándicap para aceptar nuevos puntos de vista o modificar percepciones. Y este cambio profundo en la percepción de la persona que hace fotos no es sino otra vuelta de tuerca; el enésimo giro de la historia. El fotógrafo, por tanto, no ya como alguien que busca a su alrededor una imagen del mundo que le seduzca, sino la de una persona que «crea» ese mundo a través de una orden dada a una máquina. Y no vamos a entrar en el debate de si la fotografía miente porque es infinito. La fotografía, al menos hasta ahora, tenía mucho que ver con las cosas que no aparecían en la imagen. Cosas a veces intangibles, casi siempre desconocidas para el espectador. Hacer una fot...
Me tiré mucho tiempo haciendo fotos sueltas. Una textura, un amanecer, una orilla helada, un tronco caído, una cascada en medio del bosque, un cúmulo de algas, una nube incandescente, un reflejo. ¡Uf!, había tantas cosas bellas que fotografiar. El mundo natural me abrumaba y me seducía. Solo había que llegar al lugar adecuado en el momento preciso. Fotografiar era una fiesta, sobre todo para la vista. Las fotos sueltas no me generaban ningún problema (las adoraba) hasta que en alguna revisión de porfolios me preguntaron por la historia que quería contar. ¿Yo? ¿Una historia? ¿Qué historia? Son fotos, ya está, no necesitan explicación, son parte de mi vida, de mi forma de mirar y de relacionarme con el entorno. ¿Acaso no lo ves? ¿Estás ciego o qué? Bueno, en realidad yo no decía nada de esto; solo lo pensaba. Y cada vez que afirmaban que mis fotos eran bonitas yo asentía con rabia, porque en realidad mis fotos sueltas reflejaban eso mismo: escenas hermosas de lugares idílicos. Yo qu...