En un reciente encuentro fotográfico (patrocinado por una conocida marca de toda la vida del mundo de la fotografía) se anuncia una mesa redonda sobre fotografía analógica y yo, tal cómo podéis imaginar, comienzo a salivar como el perro de Pavlov. Y comienzo a salivar no porque lo vea anacrónico o pasado de moda, sino por todo lo contrario, porque me parece acertado, oportuno y enriquecedor. Luego me entero de que al final no se celebra y me quedo triste como un niño al que dejan sin regalo de cumpleaños. Me parecía una idea brillante porque estamos en una época de cambio, y estos momentos son ideales para reflexionar y plantearnos preguntas nuevas. Recordad lo que dejó dicho el gran divulgador científico Jorge Wagensberg: «Cambiar de respuesta es evolución. Cambiar de pregunta es revolución.» Porque la pregunta no es si la fotografía analógica –o «fotoquímica»– si se prefiere, tiene mejores cosas que la fotografía digital (peores, seguro), o si la fotografía analógica sobrevivirá...
Últimamente, en los discursos sobre Inteligencia Artificial, escucho demasiado a menudo la palabra «eficiencia». Parece ser que el mundo será mucho mejor si somos más eficientes, y a mí esto me genera dudas. ¿Qué es en realidad ser más eficiente? La fotografía no se libra de este debate, pues siempre existió el impulso tecnológico de mejorar las cosas, hacerlas más sencillas y en menor tiempo. Una fotografía más eficiente es aquella, imagino, que cuesta menos realizarla, que se crea más rápido, que requiere menos dinero. Si la razón última de la fotografía es crear imágenes, las máquinas ya nos ganaron hace muchos años. Las máquinas hacen más fotos, más rápido y a menudo con una menor inversión monetaria a la larga. Pero no solo hacen más fotos, calculan mejor, conducen muchas más horas, retocan con mayor delicadeza, imprimen a más velocidad, producen muchísima más comida, nos llevan de un sitio a otro en menos tiempo, cavan más hondo, golpean más fuerte, extraen con mayor intensidad y...