No recuerdo la primera vez que oí hablar del famoso poema de T. S. Eliot The Waste Land, que mayormente se tradujo en castellano como La Tierra Baldía. Imagino que ha pasado mucho tiempo de aquello, pero sé que ese título se me quedó grabado en la cabeza. Para mí, La Tierra Baldía fue durante bastantes años algo más que un poema referencial dentro de la literatura anglosajona (además de el más famoso de su autor): fue un título que se quedó a vivir en mi cerebro de fotógrafo buscador de ideas. Y cada cierto tiempo tocaba a la puerta. Toc, toc, ¿se puede? ¿Está el señorito preparado para abordar este proyecto? Y yo decía que no, que no sabía qué hacer con eso. © Fernando Puche Cosas del destino o caprichos de la vida, porque no siempre haces las fotos que quieres, sino las fotos que puedes. Al fin y al cabo, la creatividad es una mezcla de imaginación y de circunstancias, de memoria y de influencias, de posibilidades y de fortuna, de arrojo y de limitaciones. Pero, bueno, que me lí...
Después de publicar mi libro Barayo dejé de hacer blanco y negro durante unos años. Ya no tenía película en el formato que había estado utilizando hasta ese momento y, lo más importante, no me venían a la cabeza proyectos nuevos para hacer en «escala de grises». Lo entendí como un paréntesis en mi carrera fotográfica y seguí con el color como si no hubiese pasado nada. En estas que, gracias a una fotógrafa que conozco de hace muchos años, me llaman para completar el jurado de un premio de fotografía. Allá voy para juntarme con otras cuatro personas (alguna Premio Nacional de Fotografía) y decidir qué series merecen el premio y cuáles no. Y como terminas contactando con gente que no conoces, durante el tiempo que estamos juntos hablo largo y tendido sobre fotografía analógica y cámaras de gran formato con el miembro más veterano del jurado (un histórico de los concursos de fotografía de este país). Otorgamos los premios por rigurosa votación pública, nos agasajan con una pael...