Imaginemos que le quitamos a la fotografía las cámaras, los móviles, el escáner, los filtros, las lentes, el trípode, los sensores, el disparador de cable, los carretes, las bolsas o mochilas donde llevar el equipo, las ampliadoras, los adaptadores, el fotómetro, las pantallas reflectoras, el nivel de burbuja, los fondos, el flash, las cajas de luz, el vestuario, los negativos, el revelador, el baño de paro y el fijador. Que también le quitamos los lugares que tarde o temprano visitaremos, los mapas, las indicaciones de nativos y lugareños, los madrugones, las caminatas cuesta arriba o cuesta abajo, las esperas, los bocadillos sentados en una roca, saludar a quienes se cruzan en nuestro camino (o nosotros en el suyo), la fatiga, los pies fríos, la frente empapada, orinar detrás de unos arbustos, limpiarte el culo con papel de periódico, saltar una valla, pedir permiso para saltarla, beber agua de la botella o de un manantial, caminar, volver a beber agua, caminar, beber agua de nuevo y...
Apple presume de incorporar diafragma iris físico, mecánico, en sus iPhone 18 Pro, y con ello consigue lo que probablemente busca: una primicia y obligar a la competencia a mover ficha; también, hacer que «influencers» «yutufers» y otras subespecies del ecosistema propio a los terminales móviles trabajen en ello. Hasta uno mismo –«boomerfluencer»– (1) se ve obligado a vencer su pereza y contar ciertas cosillas que a priori parece ser no se tienen en cuenta. Veamos. La novedad fundamental radica al parecer en lo que respecta a la cámara principal del artefacto: esa cámara volcaría, sobre un sensor de 1/1.28" (2) y 48 Megapíxeles imágenes mediante un objetivo de 6,8 mm de focal y apertura máxima a f/1,48. Ello supone, respecto al formato Barnack de 24 x 36 mm una focal equivalente aproximada de 24 mm. Esa novedad –más allá de un sin duda interesante incremento de «luminosidad» del entorno de medio punto (de f/1.8 a f/1.48) consiste en que un diafragma iris mecánico de seis palas ...