Yo ya fotografiaba paisajes desde hacía años. Y no se me daba mal. Ni mejor ni peor que otras muchas personas alrededor del mundo. El caso es que llevaba tiempo entrenando duro, pero muy duro, con la obra de numerosos paisajistas norteamericanos, los libros de Ansel Adams o Galen Rowell (por citar solo a dos) y visitando año tras año exposiciones sobre fotografía y naturaleza. Y leyendo, y mirando, y pensando.
Es como la preparación de un atleta: refinas la técnica de carrera, incrementas tu capacidad de resistencia (tanto aeróbica como anaeróbica) y aumentas la velocidad. Continuidad, series y cargas progresivas. Al final, si perseveras, lo consigues, es decir, aprendes a fotografiar el mundo natural de manera que tus fotos se parecen cada vez más a las que hacían tus referentes. Se llama imitación y sin ella no existiría el arte.
Pero al proceso creativo le pasa lo mismo que a la vida, que rara vez es lineal, plano, predecible. Hay demasiadas cosas que no podemos prever. Yo estaba contento con mis fotos: eran lo convenientemente saturadas, lo bastante espectaculares y lo suficientemente nítidas. Eran tal y como las había soñado años atrás cuando comencé a salir al campo con una cámara. El entrenamiento había dado sus frutos.
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| © Fernando Puche |
Y esto era muy importante porque alcancé un punto en el que estaba contento con las fotos que hacía. Las miraba y me sentía orgulloso de mí, de ellas, de lo que había logrado. Y me eché a dormir porque uno se cansa mucho de subir montañas y de madrugar en invierno. Y un día me levanto y pienso que mis fotos se parecen demasiado unas a otras. Colores concretos, texturas similares, composiciones semejantes, idénticos elementos. Había conseguido la fórmula y la estaba exprimiendo al máximo. ¿Para qué si no te esfuerzas tanto? Había que rentabilizar toda la energía invertida. ¿Aunque eso te lleve a copiarte a ti mismo? Pues, sí, ¿qué pasa? Antes que fotógrafo soy persona, soy humano, soy mortal.
No recuerdo si el día en que pensé que mis fotos se parecían demasiado era jueves o domingo. Ni si era primavera u otoño. Seguro que no fue un día concreto, sino un periodo de tiempo, más o menos largo, durante el cual en mi cabeza se fue instalando la idea de que quizá era bueno cambiar. No mucho, algo, un poco. Por eso de evolucionar, aunque suene presuntuoso. Yo quería progresar, pero quería también que mis fotos no fuesen vistas solo como hermosas vistas de lugares hermosos. Por eso me animé a cambiar, porque quería demostrarme a mí mismo que era capaz de hacerlo y demostrar a los demás que había algo más que una bella postal de una espectacular puesta de sol. También es cierto, y es bueno decirlo, que en aquella época ya se hablaba mucho de fotografía conceptual, de que era tan importante (o más) el mensaje que la fotografía. De que había que dejar atrás lo “retiniano”. Ahí lo dejo.
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| © Fernando Puche |
Y me puse a pensar en cómo podría añadir algo a mis fotos sin renunciar al campo, a la belleza, a los colores del mundo natural. También, como en la vida, hay algunas líneas rojas. Esto tampoco fue de un día para otro, pero sería imposible precisar cuánto tiempo me llevó. Y vi la salida del túnel en las exposiciones múltiples. No fue una revelación ni una epifanía. Llevaba años admirando fotos «abstractas» o «desenfocadas» (bien por el movimiento de cámara, bien por la exposición múltiple) de troncos de árboles. Un patrón que ya se había consolidado como un estereotipo dentro de la fotografía de paisaje, igual que lo eran los amaneceres, las líneas de las estrellas, los reflejos en la superficie del agua, la textura de la corteza de algunos árboles, los ríos sedosos, el colorido del otoño o las hojas caídas. Esa fue mi salida: determinación, memoria y experimentación.
Y, claro, me puse a probar. Ya sabéis el dicho: si no pruebas ya has fallado. Y me salieron fotos buenas y fotos malas. Me quedé, por supuesto, con las buenas y seguí esos mismos patrones. Las copas de los arboles desde abajo (otro tópico) girando la cámara, los troncos subiendo y bajando el objetivo, las hojas caídas girando el chasis trasero, el agua del río moviendo la cámara a derecha e izquierda. Poco a poco (y hablo de unos pocos años) las cosas fueron saliendo. Menos saturación, menos espectacularidad, menos «belleza». Más experimentación formal, más abstracción, más «narrativa». Y me eché a dormir porque pensar y experimentar consumen mucha energía. Sé que lo sabéis y que podéis perdonármelo.
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| © Fernando Puche |
Desperté al cabo de cuatro o cinco años porque recuperarse de un hallazgo no es fácil. Lleva su tiempo. Había hecho dos series en color (El bosque multiplicado y Cuando el océano sueña), así como una en blanco y negro (Caleidoscopio en escala de grises). Todo muy bien, muy correcto, muy fotográfico. Imágenes menos definidas, menos formales, menos evidentes. Algo más moderno y algo menos antiguo. Y pensé en seguir adelante con esos mismos patrones porque a mi cabeza no llegaban ideas nuevas. ¿Hay algo de malo en alargar lo que te sale bien? ¿No, verdad? Pues eso, a seguir.
Hice algún intento que salió tal y como era previsible, es decir, bien. A ver, si mezclas los mismos ingredientes de la misma manera y los metes en el mismo horno a la misma temperatura, ¿qué sale? Pues el mismo bizcocho una y otra vez. Pues eso es lo que obtuve: un bizcocho delicioso que ya había probado durante varios años. Y dije: Fernando, basta ya. Bueno, no fui yo, debió de ser un ángel de la guarda que llevo dentro (o fuera, vete a saber) y que se preocupa porque no me repita demasiado. Que cada vez que me duermo pone el despertador para que cinco, diez o quince años después no siga levantándome a la misma hora para fotografiar los mismos sitios de igual modo. Gracias a él dejé las exposiciones múltiples por un tiempo y retomé otros patrones.
También es verdad que por aquella época decían que mis fotos hechas con exposiciones múltiples eran, a veces, interesantes. Ahí lo dejo.
Fernando Puche
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Fernando Puche lleva más de cuarenta años haciendo fotos y casi veinticinco escribiendo sobre fotografía. Una cosa llevó a la otra y ambas a publicar libros. Seguramente son excusas para tener la cabeza ocupada, intentar ser mejor fotógrafo y escribir cosas que puedan interesar a los demás. Excusas para seguir experimentando la fotografía.
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