No recuerdo la primera vez que oí hablar del famoso poema de T. S. Eliot The Waste Land, que mayormente se tradujo en castellano como La Tierra Baldía. Imagino que ha pasado mucho tiempo de aquello, pero sé que ese título se me quedó grabado en la cabeza.
Para mí, La Tierra Baldía fue durante bastantes años algo más que un poema referencial dentro de la literatura anglosajona (además de el más famoso de su autor): fue un título que se quedó a vivir en mi cerebro de fotógrafo buscador de ideas. Y cada cierto tiempo tocaba a la puerta. Toc, toc, ¿se puede? ¿Está el señorito preparado para abordar este proyecto? Y yo decía que no, que no sabía qué hacer con eso.
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| © Fernando Puche |
Cosas del destino o caprichos de la vida, porque no siempre haces las fotos que quieres, sino las fotos que puedes. Al fin y al cabo, la creatividad es una mezcla de imaginación y de circunstancias, de memoria y de influencias, de posibilidades y de fortuna, de arrojo y de limitaciones. Pero, bueno, que me lío; estaba diciendo que, por cosas del azar o de las meigas, llegó un día en que me dije: «Tío, ha llegado la hora.» Es muy posible que apareciera ese momento porque no estaba liado con otra cosa y esa vocecita que me susurra de cuando en cuando al oído dijese: «Anda, ponte con esto de una vez que se te va a pasar el arroz.» Y a nadie le gusta el arroz pasado.
Y me puse. Lo primero fue preguntarme qué significa una tierra baldía. Y busqué sinónimos y apunté una lista y traté de imaginar cómo deberían ser las fotos para que reflejasen vacío, desolación, aridez, olvido, soledad, abandono. No todo a la vez, claro, pero algo de esto.
Paralelamente, me compré el libro que contenía ese famoso poema de T. S. Eliot. ¿Cómo iba a hacer una serie inspirada en ese título sin haber leído siquiera el poema? Así que lo leí y me quedé a cuadros. Y eso que me gusta leer. Críptico, fragmentario, lleno de simbolismos, plagado de referencias a la Biblia, a textos sagrados, a otras religiones… Grandioso y complejo, espectacular y demandante. Pero incluso así lo leí entero, y aquí sigo.
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| © Fernando Puche |
Decidí entonces buscar lugares desérticos, yermos, estériles, secos, devastados. Y decidí también obviar el cielo y fotografiar solo la tierra, sus colores y sus texturas. Los colores y las texturas de la desolación y el abandono. Porque una cosa es atrapar espacios baldíos y otra que cualquier foto te sirva. Y yo, que me gusta mucho la estética y la utilizo para discriminar entre mis propias imágenes, necesitaba encontrar una estética, unas texturas y unas tonalidades que me entrasen por los ojos. Si no es así, no hago la foto.
Los lugares los encontré relativamente cerca porque no quería viajar lejos ni hacer muchos kilómetros. Lo dicho: te cambian las condiciones vitales y tus fotos han de adaptarse. No queda otra. Así que busqué sitios dentro de España y me fui a visitarlos con mis cámaras, mis carretes y mis trípodes. Y realicé dípticos, trípticos y toda clase de composiciones. Para un poema fragmentario y complejo pensé que estaría bien utilizar muchos elementos: formato medio, gran formato, panorámicas, etc.
Escribí unos pocos textos para acompañar las imágenes y poder publicar el trabajo juntando imágenes y textos. Pero como ya había publicado unos cuantos y quería huir del típico libro de paisajes (grande, tapa dura, imágenes a página completa), recurrí a un editor, que seleccionó las imágenes y el formato, y a un estudio de diseño donde le dieron forma y aspecto. Y de todo este proceso de inspirarme en un poema ajeno, buscar espacios desérticos, filtrar a través de mi mirada, recurrir a una tercera persona para seleccionar las fotos y dejar en manos de un estudio el diseño final del libro, surgió un objeto distinto, reflexivo, íntimo y delicado.
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| © Fernando Puche |
El libro, claro está, se tituló La Tierra Baldía y pude publicarlo (gracias a una editorial a la que le gustó el proyecto) en noviembre de 2022, justo cien años después de la primera publicación, en 1922, de The Waste Land.
Con todo esto logré sacar adelante un libro que no se parecía en nada a los anteriores, retomar la fotografía de paisaje desde una perspectiva menos preciosista, olvidarme de la obsesión por la luz, crear (con ayuda) un artefacto de tintes conceptuales y realizar imágenes «seductoras» al servicio de una idea. Es decir, un objeto donde fotografía, texto y diseño se aúnan para crear algo más grande que la suma de sus partes.
También es verdad que por esa época ya se hablaba, quizá demasiado, del auge, la moda o la explosión del fotolibro. Ahí lo dejo.
Fernando Puche


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