Hay momentos en que nos aferramos a ciertas cosas de una manera desesperada y, por eso mismo, insana, enfermiza. Veinte placas en blanco y negro son pocas, pero puedes pasarte al formato medio o a los carretes de toda la vida y no pasa nada. Ya, eso te crees tú, que no pasa nada.
Llevaba años utilizando una cámara de gran formato y mi cabeza había asumido, de forma un tanto estúpida, que estaría el resto de mi vida usando esa cámara y ese formato de película. “Si he llegado hasta aquí, ¿cómo voy a retroceder?”, pensaba entre ingenuo e ignorante. Ahora ya no pienso así, pero en aquellos tiempos todavía conservaba algunos dogmas que el tiempo, por fortuna, ha ido desterrando de mi cabeza.
En cuanto vi la última caja de placas en blanco y negro en el congelador me vino a la mente una pregunta: ¿Qué hago con esto? Y durante un tiempo me dediqué a buscar la respuesta. Tenía que servir para armar una serie nueva, aunque veinte era un número un tanto escaso. ¿Sería capaz de realizar veinte fotos buenas y útiles para crear un nuevo proyecto? Ya veis que me he tirado toda la vida haciéndome preguntas y tratando de encontrar respuestas. Igual que si estuviese investigando en un laboratorio de biología molecular, vaya.
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| © Fernando Puche |
La cabeza, de nuevo, se pone en «modo trabajo» y busca dentro de la memoria patrones, bocetos, ideas, recuerdos, imágenes propias y ajenas hasta que se enciende la bombilla. El tiempo que tardas en que se ilumine depende de tu ansiedad, de lo impaciente que seas, de las ideas que te lleguen (que pueden ser variadas o escasas) y de los distintos proyectos que tengas entre manos. En función de estos factores o de otros te quedas con lo primero, lo segundo o lo decimonoveno. No me acuerdo cuántas ideas se me ocurrieron, pero sí que no fueron muchas. Llevaba un tiempo sin hacer blanco y negro y me sentía profundamente «desentrenado». Como cuando sales de una lesión, pues igual.
Y me aferré a la idea de dedicar esa última caja a crear una serie sobre un lugar concreto. Y ese lugar se llamaba Barayo (bueno, aún se llama así). Y ese trabajo lo publicaría en forma de libro. Y volvería a revivir los viejos tiempos del blanco y negro, así como los viejos tiempos en que dormía dentro del coche junto a esa playa para pisar la arena antes de que saliese el sol. ¿Y por qué precisamente ese lugar? Pues porque me gustaba mucho y me sentía de maravilla cada vez que lo visitaba. La fotografía, siempre lo he dicho, ha de ser una experiencia positiva, enriquecedora. Que te aporte momentos de plenitud. Para sufrir ya está el trabajo, ¿no?
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| © Fernando Puche |
Así que regresé a Barayo, aunque ya no dormí dentro de mi vehículo pues mi espalda se negó rotundamente. «O el coche o yo», me amenazó, y tuve que buscar una pensión cercana porque sin espalda no podía seguir fotografiando. Te vuelves, en la mejor tradición oriental, como un junco: resistente para unas cosas y flexible para otras. Pero volví a madrugar, a utilizar mi filtro amarillo, a consultar la tabla de mareas, a llevar botas de agua y a buscar la belleza, aunque esta vez era una belleza monocroma.
Conociendo mis limitaciones asumí que iba a ser complicado hacer veinte fotos perfectas. Puedes fallar y entonces tienes que hacer una segunda toma de una misma escena. Ya sabéis: que si la luz, que si las sombras, que si los blancos, que si sopla el viento, que si probar con dos tiempos distintos de exposición… Y por eso terminé mis veinte placas y no había finalizado la serie. Vale, ¿y ahora qué? ¿Dejo la serie con diez fotos, con doce, con quince? Uf, vaya chapuza. Más que nada porque percibes cuando faltan cosas, cuando algo está inconcluso, cuando no termina de funcionar. Lo puedes presentar así, por supuesto, pero la tranquilidad que proporciona hacer las cosas bien no tiene precio. De verdad.
Yo ponía unas junto a otras todas las fotos que me gustaban y una vocecita me decía: «Aquí faltan cosas.» Y encima tenía razón.
Así que, de la misma manera que tu cabeza tiende hacia lo conocido, tus desvelos se los cuentas a los amigos. «Oye, Valentín, ¿tú no sabrás por casualidad dónde encontrar una caja de placas de Fujifilm Neopan Acros?» Y mi querido amigo Valentín Sama, que tiene la paciencia del santo Job para mis interminables preguntas sobre asuntos fotográficos (muchos de los cuales a estas alturas de la vida yo ya debería saber), va y me dice: «Espera que lo mismo me quedan algunas en el congelador.» ¿Es para quererle o no? Y un par de días después recibo la mejor noticia del mundo: «Pásate por casa y te llevas unas cuantas.»
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| © Fernando Puche |
La fotografía, suele ocurrir, conlleva hacer fotos, ver sitios, publicar, exponer, visitar exposiciones, bla, bla, bla. Pero también es conocer gente maravillosa, hacer nuevos amigos, compartir, ayudar y ser generoso. Y mi amigo Valentín me ha enseñado muchas de estas cosas. Y yo, para seguir esa estela, intento ser generoso con los demás y ayudarles en todo lo que pueda. «Trata a los demás cómo te gustaría ser tratado». Es simple.
Al final terminé la serie, que se convirtió en un libro de tapa dura (que pagué de mi bolsillo) con 23 fotos y cuatro textos escritos ad hoc. Y me olvidé de hacer blanco y negro durante unos años porque no había llegado aún la hora de regresar al formato medio o al carrete de toda la vida. Pero esa hora llegó, aunque todavía sucedieron algunas cosas mientras tanto.
Fernando Puche


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