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«Yonki de aguja en ojo». Un artículo de Paco Rocha

Reconozco que me gustan las agujas, finas, punzantes. Realmente, y para ser exacto, me refiero a las agujas exposimétricas, esas que utilizan algunos fotómetros «antiguos». No sólo las agujas que vienen en los visores de las cámaras, también las agujas de los fotómetros de mano, estas últimas con un encanto especial.

© Valentín Sama

La aguja nunca debería haber desaparecido de los visores de las cámaras, la comprensión de la exposición correcta mediante un indicador tan simple es, a mi juicio, una esencia para aprender a exponer correctamente. Digo esto sin acritud ninguna, la realidad es que siempre me sentí un poco desorientado por el exceso de información que aparece en los visores. Ya desde la Nikon F90x comprendí que las cámaras avanzaban hacia la tecnología desbocada que hoy día nos gobierna, cuanto más algunos visores electrónicos que nos ofrecen incluso los histogramas RGB sobreimpresionados en la imagen. 

Ante tanta locura de información que debe gestionar el ojo solo puedo pensar en el maravilloso tiempo que le lleva a mi lento cerebro humano «leer» esas cosas, a veces inútiles, que aparecen en nuestros visores. Tiempo que prefiero invertir en repasar el cuadro que estoy componiendo en vez de obcecarme en tercios de diafragma ante un «cero» imposible por la precisión del aparato. Por ello, desde aquí, desde esta humilde atalaya reclamo una vuelta a la base, una vuelta a la droga fotográfica mas dura, la que se disfruta con aguja. Por sencillas y humildes, por precisas, por liberadoras de responsabilidades, por señalar siempre el camino del gris medio, como buenas brújulas fotográficas que son. 

En este artículo comentaré las agujas que me dejaron y me dejan huella; no son las únicas que he utilizado, pero sin duda son aquellas que me atrevo a ofreceros a todos vosotros para medir luces y sombras, consciente de que cada una tiene sus particulares caprichos. 

La Olympus OM-1

No fue mi primera vez con una aguja, pero reconozco que, a día de hoy, es mi favorita. Esa suerte de acompañar al ojo mientras encuadra, de notar sus pequeñas variaciones sin desconcentrarte del encuadre, sin dejar de ver la acción en el visor. 

En la Olympus OM-1 el selector de tiempos de obturación, el de aberturas de diafragma y el propio aro de enfoque, pueden manejarse con una misma mano. Una curiosidad técnica: a fin de optimizar el espacio, el galvanómetro de la aguja del exposímetro va alojado en el tambor del selector de sensibilidades © Valentín Sama

Mucho de lo maravilloso de esta aguja lo tiene la forma de manejar los controles de esta cámara; en la misma mano tenemos tiempo de obturación y valor de abertura de diafragma, y el ojo en la aguja, y junto a la aguja no hay números que despisten; y donde pongo la aguja pongo el ojo… Ese movimiento «cielo-tierra» que te asegura el cielo un punto por encima o dos; todo en un vaivén rápido, preciso e increíblemente suave. 

La aguja muestra la exposición «correcta» para una escena dada (imagen real del limpio visor de una Olympus OM-1) © Valentín Sama 

Si dejamos que la aguja «toque» la punta superior o inferior del marco «correcto» sabemos que estamos introduciendo una variación de justamente medio punto de exposición. En este caso concreto «hacia más» (imagen real del limpio visor de una Olympus OM-1) © Valentín Sama

La precisión de esta aguja la marca el voltaje de la batería, así que poner la batería incorrecta en esta cámara implica una sobreexposición continuada de un punto si utilizas una batería de 1,5 V, y la exposición correcta con baterías especiales de 1,35v. El control es tan básico, tan intuitivo, tan increíblemente fácil que no hay otra igual… Puede que si buscas una cámara amable, una herramienta que te hermane con las luces y las sombras, ésta posiblemente será tu cámara. 

La Rollei 35S

Esta sí que fue mi primera aguja, le guardo tanto cariño al círculo rojo de coincidencia con la aguja… En esta cámara la fotometría está «en otro lugar», no interviene en el encuadre, no la necesitas. Es de esas cámaras de «dejar preparada», la sacas de su funda, despiertas el objetivo de su letargo, la preparas –mides luz, das la distancia al sujeto–, y te llevas la cámara al ojo, y miras… sin más.

El diseño de la Rollei 35S es muy original y algún día nos extenderemos sobre ello. (1) Puede apreciarse el indicador de ajustes de exposición en la parte superior del cuerpo © Valentín Sama

Una de las ventajas que tiene para los que no sabemos contar en metros sin ayuda de un mecanismo de enfoque es la hiperfocal de esa óptica, es una de esas cosas técnicas que los físicos saben explicar pero que tu no tienes la necesidad de entender… Cómo entender esa calidad/calidez de imagen, cómo entender ese objetivo retráctil.
 

Cuando la aguja y el indicador coinciden… tendremos la exposición recomendada. Tanto aguja como indicador están conectados mecánicamente con los selectores de tiempo de exposición, abertura de diafragma y sensibilidad de la película. El sistema es capaz de discriminar un paso de exposición entre un extremo y otro del círculo interior del selector, en décimas de paso. © Valentín Sama

Sólo hay una cosa fácil de comprender, la falta de telémetro, esta cámara no lo necesita. Recomendarle esta cámara a alguien es algo muy atrevido; a mi me devolvió la pasión por la fotografía en un momento de mi vida, y no ha hecho más que darme alegrías desde que la tengo. 

La Pentax 6x7 (no la II)

Es curioso que la aguja que más alegrías me da, por su precisión sobre todo, sea la de una cámara tan voluminosa. Esta aguja es «divertida», tiene ese toque respingón cuando la despiertas al encender el fotómetro. En un formato tan «medio» como el 6x7cm podemos creer que necesitamos un fotómetro de mano… Sin embargo, en el pentaprisma con exposímetro de la Pentax tenemos la precisión que podemos necesitar para cualquier situación. Incluso para exponer diapositiva uno puede ajustarse a 1/3 de paso viendo la aguja sobrepasar arriba o abajo la punta de la a de exposición correcta.

Pentax 6x7 © Austin Calhoon, CC 

Su integración en el visor es más que agradable, precursora de lo que vendría después –poner un montón de información bajo el encuadre–. La cámara en si no deja de ser una réflex de 35 mm a la que alguien «hormonó» sin escrúpulos hasta que pudo ponerle un rollo de formato 120, total para crear un sistema en sí mismo igual de completo que cualquiera de 35 mm pero con la capacidad de manejar un formato medio. La calidad de las ópticas de Pentax es innegable y puedo recomendarle este sistema a cualquiera con ganas de cargar mucho peso, que tenga un buen trípode, y que quiera ver negativos de 6x7 en su mesa de luz o en su ampliadora. 

El disco blanco a la izquierda del pentaprisma de la imponente Pentax 6.7 deriva luz hacia la aguja del exposímetro, visible a través del visor. A notar que el exposímetro forma parte de este modelo de visor intercambiable y no va integrado en la cámara. © Austin Calhoon, CC 

Algunos le han llamado cámara de paisaje, otros de bodegón… yo le llamo «La Cámara», para mi tiene ese carácter de «definitiva», de hermanar el 35 mm con el formato medio. Tanto me gusta que de hecho continúo llevándomela a algunos trabajos para disponer de negativos grandes que poder ampliar. El ruido es ensordecedor, alguna novia se asusta cuando la escucha de repente en el silencio de su habitación mientras se prepara… pero merece la pena.

Sekonic L-398M Studio

Mi primer fotómetro «de cine», más tarde sucumbí al hecho de tener uno «digital»… pero ahí sigue el 398, el clásico entre los clásicos, dando guerra. Uno de los mejores regalos de mi vida –gracias Willy Santoro, dónde quiera que estés–. Este fotómetro supuso mi inicio como «medidor de luces incidentes», mi reflexión constante en ratios de contraste. La calota, esa palabra lo cambió todo, la forma de medir la luz pasa a ser más «natural», mucho más sencilla de comprender. Y esas chapitas metálicas para ensobrar delante del «sensor» marcando la cantidad de luz que puede pasar para cada sensibilidad.
 
El Sekonic nos permite orientar su célula de selenio –funciona sin baterías– de forma independiente a las escalas de medición. Las chapitas intercambiables –en este caso la de «alta luminosidad»– se intercalan delante de la célula a través de una ranura, y permiten personalizar el exposímetro para realizar lecturas directas bajo condiciones de toma concretas: sensibilidad, cinematografía, etc. © Valentín Sama

Cuando lo tienes en las manos te da esa sensación de robustez, también de «objeto hermoso», y posicionarlo en el plano del sujeto con la calota dirigida a cámara, ver subir la aguja al indicador y llevar la lectura a la escala, todo esto se convierte en un pequeño baile de dedos Índice y gordo sobre el dial, para leer de un vistazo todas las combinaciones posibles tiempo/diafragma para esa escena. Será vuestro compañero ideal si tenéis una cámara sin fotómetro, o con él estropeado, y si encontráis uno que no tenga la célula de Selenio gastada –aunque podéis calibrar el punto cero, claro–. O bien os compráis uno nuevo –Sekonic L398A–, que Sekonic sigue fabricándolos… en plena era digital, será por algo. 

   
Nuestro Gossen «Cimbrux» de 1935 sigue funcionando perfectamente con su célula de selenio original casi un siglo después de su fabricación. © Valentín Sama

Lógicamente, por cuestiones de espacio, no están todas las que son, pero son las más especiales –al menos para mí–. Por el camino he intentado evitar hablar de las agujas de Nikon, Canon, etc., y de otros fotómetros de mano que merecen estar en esta lista. No podemos incluirlos a todos, aunque nos gustaría.

La Leica M5: la última Leica de la serie M, con medición TTL con «display» por «aguja» exposimétrica; enteramente analógica. © Valentín Sama

Aunque me apetece terminar con una frase del tipo «ponga usted una aguja en su ojo», y seguro que el título estaría bien… pero me apetece más decirles a aquellos que posean una cámara, posiblemente con fotómetro de Selenio –de esos que no necesitan pila– con una aguja, provocarles un poco para que lo vuelvan a sostener en sus manos y comprueben si esa aguja sigue «viva»… y, cómo no, invitarles a que pongan un poco de película en esa cámara y la devuelvan durante unos instantes a la vida para volver a sentir esa sensación única de esperar a los resultados que nos ofrecerá el laboratorio.

Nota: este artículo es una reedición actualizada del publicado anteriormente en Albedo Media, y ya no disponible en esa plataforma. Publicado con autorización del medio y de su autor.

Paco Rocha
Fotógrafo profesional o «albañil fotográfico» desde 1995. Formador y experto en técnica fotográfica y materiales analógicos. Ha realizado múltiples exposiciones y cursos, asesorando a fotógrafos profesionales acerca de flujos de trabajo personalizados. En sus ratos libres... también fotografía por el mero placer de hacerlo.

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