En un reciente encuentro fotográfico (patrocinado por una conocida marca de toda la vida del mundo de la fotografía) se anuncia una mesa redonda sobre fotografía analógica y yo, tal cómo podéis imaginar, comienzo a salivar como el perro de Pavlov. Y comienzo a salivar no porque lo vea anacrónico o pasado de moda, sino por todo lo contrario, porque me parece acertado, oportuno y enriquecedor. Luego me entero de que al final no se celebra y me quedo triste como un niño al que dejan sin regalo de cumpleaños.
Me parecía una idea brillante porque estamos en una época de cambio, y estos momentos son ideales para reflexionar y plantearnos preguntas nuevas. Recordad lo que dejó dicho el gran divulgador científico Jorge Wagensberg: «Cambiar de respuesta es evolución. Cambiar de pregunta es revolución.»
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| © Valentín Sama |
Porque esta pregunta no va de qué es mejor o qué es peor, o qué vende más o qué tiene mayor definición. No; va de por qué a estas alturas de la historia todavía hay gente que compra un carrete de película para hacer fotos que podría hacer con el móvil. Y la pregunta es pertinente porque la película se ha encarecido, cada vez se venden menos cámaras y además luego tienes que revelar y en muchos casos escanear. A ver, objetivamente es una ruina. Y lo digo por experiencia propia.
Y a mí me parece un debate apasionante. Un debate que ha de ir más allá de las modas (que las hay), de los intereses comerciales (que también existen) y de las comparaciones entre marcas (que siempre han existido). Un debate sobre qué nos da la película que nos cuesta encontrar en otros procesos.
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| © Leaf |
Cada nueva tecnología genera apocalípticos e integrados, tal y como ya dejara escrito Umberto Eco. Con cada nuevo avance parece que se acaba el mundo, y la fotografía no ha estado al margen de estos vaivenes sociales. Pero ahora que surge con fuerza la Inteligencia Artificial y hace innecesaria para supuestamente retratar el mundo no ya la tecnología digital, sino a la propia fotografía, resulta que sigue habiendo personas tercas como mulas que prefieren lo material a lo virtual, el visor a la pantalla, el tacto físico a la proyección, la espera a la inmediatez, las sensaciones directas a las diferidas, los defectos a la perfección, la presencia a la ausencia.
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| Revisando contactos con lupa... © Valentín Sama |
Es posible que esto termine desapareciendo tal y como como se extinguieron los dinosaurios o algunos de los antiguos procesos para fijar imágenes en placas de metal o de vidrio. Pero mientras llega ese momento, para mí resulta fascinante preguntarse cómo es posible que, en estos tiempos, todavía sigamos utilizando carretes. Veamos; por un lado, a mí la fotografía analógica me ha permitido hacer menos fotos, es decir, progresivamente menos, y ser cada vez más riguroso a la hora de decidir si gasto un trozo de película o no.
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| © Valentín Sama |
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| Tanques en uso desde hace 50 años... © Valentín Sama |
Hay algo en este proceso orgánico, táctil, físico y sensorial que todavía atrae a una serie de personas, lo cual me parece digno de atención. La gente no utiliza carretes porque ahora mismo sea la opción más barata, ni por su rapidez, ni por su eficiencia, ni por su perfección. Hay algo atávico en las copias en papel, la magia del positivado, el tacto de los materiales, la física de los procesos, los fallos propios de cada proceso creativo. Hay algo en nuestras manos, en nuestro olfato, en nuestro oído y en nuestra vista que a veces reclama una pequeña vuelta a la tierra, a lo manual, a la paciencia, al error, al contacto, a lo objetual. Un día todo esto se acabará, quién sabe, pero mientras tanto me parece un debate bonito, estimulante, ingenioso y hasta educativo. Porque no es un debate sobre qué es mejor, sino por qué nos importan tanto los procesos que hay detrás de las cosas que hacemos.
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| © Fernando Marcos. Continente y contenido. |
Es muy posible que de todo lo dicho aquí haya cosas imprecisas o matizables. Por supuesto. Pero el debate no es si yo tengo razón (que no suelo tenerla), sino qué nos aporta la película para que a estas alturas de siglo sigamos utilizándola. Qué partes del proceso de crear una foto conectan con las zonas más íntimas de nuestro ser: la identidad, los miedos, la autoestima, el apego, los sueños o la envidia.
Porque cuando alguien decide comprar un carrete de fotos está trascendiendo una serie de postulados fotográficos, e incluso artísticos, que parecían definitivos: rapidez, eficiencia, visibilidad, economía, sostenibilidad, sencillez… Como suelo decir, el carrete, como la propia fotografía, es el medio para lograr algo, el fin somos nosotros. ¿Pero el medio para lograr qué?
Y ahora, por favor, que continúe otra persona.
Fernando Puche






Comentarios
Eso, y la carrera por la aburrida nitidez absoluta de muchos fabricantes. Con las lentes modernas, mis fotos digitales parecen telefilmes alemanes. No siempre es la vuelta a la química lo que me mueve a hacer fotos: con diseños ópticos "vintage", el resultado es menos perfecto, pero creo que más honesto. O, al menos, me reconozco más en él.