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Sobre la Fotografía (Analógica). Por Fernando Puche

En un reciente encuentro fotográfico (patrocinado por una conocida marca de toda la vida del mundo de la fotografía) se anuncia una mesa redonda sobre fotografía analógica y yo, tal cómo podéis imaginar, comienzo a salivar como el perro de Pavlov. Y comienzo a salivar no porque lo vea anacrónico o pasado de moda, sino por todo lo contrario, porque me parece acertado, oportuno y enriquecedor. Luego me entero de que al final no se celebra y me quedo triste como un niño al que dejan sin regalo de cumpleaños.

Me parecía una idea brillante porque estamos en una época de cambio, y estos momentos son ideales para reflexionar y plantearnos preguntas nuevas. Recordad lo que dejó dicho el gran divulgador científico Jorge Wagensberg: «Cambiar de respuesta es evolución. Cambiar de pregunta es revolución.»

 Porque la pregunta no es si la fotografía analógica –o «fotoquímica»– si se prefiere, tiene mejores cosas que la fotografía digital (peores, seguro), o si la fotografía analógica sobrevivirá a la Inteligencia Artificial, o cuánto más va a durar la película.
Yo creo que la pregunta, ahora mismo, sería algo así: cómo es que después de más de un cuarto de siglo de haber sentenciado la muerte de la fotografía analógica, se siguen haciendo fotos con película.

© Valentín Sama

Porque esta pregunta no va de qué es mejor o qué es peor, o qué vende más o qué tiene mayor definición. No; va de por qué a estas alturas de la historia todavía hay gente que compra un carrete de película para hacer fotos que podría hacer con el móvil. Y la pregunta es pertinente porque la película se ha encarecido, cada vez se venden menos cámaras y además luego tienes que revelar y en muchos casos escanear. A ver, objetivamente es una ruina. Y lo digo por experiencia propia. 

Y a mí me parece un debate apasionante. Un debate que ha de ir más allá de las modas (que las hay), de los intereses comerciales (que también existen) y de las comparaciones entre marcas (que siempre han existido). Un debate sobre qué nos da la película que nos cuesta encontrar en otros procesos. 

Como no puedo adivinar el futuro y mi raciocinio tiene límites muy precisos, de momento me limitaré a esbozar algunas ideas.
Lo primero es que cuando apareció la fotografía digital, en muchos lugares siguieron utilizando exclusivamente película debido al coste de los nuevos materiales y a todo lo que implicaba (portátiles, baterías, tarjetas de memoria, discos duros…). Así pues, durante años el carrete siguió siendo el material más barato para hacer fotos.

Además, cuando la fotografía digital se impuso en los países desarrollados, trajo un cambio de paradigma que generó no pocas reticencias: una nueva estética (que tenía mucho que ver con los sensores, pero también con la saturación, los enfoques selectivos o el tratamiento de las sombras, entre otros asuntos), una nueva manera de tratar los archivos (eso que se llamó postproducción), una mayor facilidad para obtener determinadas imágenes o una nueva forma de generar fotografías ya determinadas de antemano (gracias a los ajustes de las propias cámaras).

© Leaf
Finalmente, como era de esperar, la fotografía digital se impuso por rapidez, facilidad y eficiencia. Pero los carretes siguieron vendiéndose y mientras algunas marcas desaparecían, otras se ponían a fabricar nuevas emulsiones, o viejas emulsiones recicladas. Con los años fueron apareciendo modas que reivindicaban lo vintage, lo clásico, lo defectuoso, el fallo, los desenfoques, las imágenes vaporosas, los objetivos de mala calidad o las cámaras sin lente.

Del mismo modo que con la fotografía digital se había logrado imágenes impecables, había personas que reivindicaban la imperfección, el grano, las fotos movidas, los defectos provocados ad hoc. La perfección de un proceso empujó a mucha gente a buscar el efecto contrario. Tantos años persiguiendo la foto ideal utilizando película, y ahora que lo digital lo hacía posible más rápido y más sencillo, entonces resurge un movimiento que reivindica la nostalgia. El péndulo yéndose al otro extremo. 

Cada nueva tecnología genera apocalípticos e integrados, tal y como ya dejara escrito Umberto Eco. Con cada nuevo avance parece que se acaba el mundo, y la fotografía no ha estado al margen de estos vaivenes sociales. Pero ahora que surge con fuerza la Inteligencia Artificial y hace innecesaria para supuestamente retratar el mundo no ya la tecnología digital, sino a la propia fotografía, resulta que sigue habiendo personas tercas como mulas que prefieren lo material a lo virtual, el visor a la pantalla, el tacto físico a la proyección, la espera a la inmediatez, las sensaciones directas a las diferidas, los defectos a la perfección, la presencia a la ausencia. 

Revisando contactos con lupa... © Valentín Sama

Es posible que esto termine desapareciendo tal y como como se extinguieron los dinosaurios o algunos de los antiguos procesos para fijar imágenes en placas de metal o de vidrio. Pero mientras llega ese momento, para mí resulta fascinante preguntarse cómo es posible que, en estos tiempos, todavía sigamos utilizando carretes. Veamos; por un lado, a mí la fotografía analógica me ha permitido hacer menos fotos, es decir, progresivamente menos, y ser cada vez más riguroso a la hora de decidir si gasto un trozo de película o no.

© Valentín Sama
Por otro, me ha hecho más paciente: acostumbrado a esperar días o semanas para ver el fruto de mi trabajo, la fotografía ha dejado de ser una cuestión de prisa (también es cierto que no vivo de ello, todo hay que decirlo). En tercer lugar, los años trabajando con película me han permitido prescindir mucho de las pantallas. Entrenado para sacar las mejores fotos posibles, una vez hechas y aprobadas ya no era necesario trabajar nada en ellas: se archivan y hasta luego Lucas. 
Asimismo, me ha permitido abstraerme de la vorágine consumista propia de la sociedad desarrollada en la que vivimos. La misma cámara durante diez, veinte o treinta años. Si falla, se repara; si falta algo, entonces se compra de segunda mano; si se moja, pues se seca; si se rompe, se pega; si se deteriora, se barniza.

Tanques en uso desde hace 50 años... © Valentín Sama

Hay algo en este proceso orgánico, táctil, físico y sensorial que todavía atrae a una serie de personas, lo cual me parece digno de atención. La gente no utiliza carretes porque ahora mismo sea la opción más barata, ni por su rapidez, ni por su eficiencia, ni por su perfección. Hay algo atávico en las copias en papel, la magia del positivado, el tacto de los materiales, la física de los procesos, los fallos propios de cada proceso creativo. Hay algo en nuestras manos, en nuestro olfato, en nuestro oído y en nuestra vista que a veces reclama una pequeña vuelta a la tierra, a lo manual, a la paciencia, al error, al contacto, a lo objetual. Un día todo esto se acabará, quién sabe, pero mientras tanto me parece un debate bonito, estimulante, ingenioso y hasta educativo. Porque no es un debate sobre qué es mejor, sino por qué nos importan tanto los procesos que hay detrás de las cosas que hacemos.

© Fernando Marcos. Continente y contenido.

Es muy posible que de todo lo dicho aquí haya cosas imprecisas o matizables. Por supuesto. Pero el debate no es si yo tengo razón (que no suelo tenerla), sino qué nos aporta la película para que a estas alturas de siglo sigamos utilizándola. Qué partes del proceso de crear una foto conectan con las zonas más íntimas de nuestro ser: la identidad, los miedos, la autoestima, el apego, los sueños o la envidia. 

Porque cuando alguien decide comprar un carrete de fotos está trascendiendo una serie de postulados fotográficos, e incluso artísticos, que parecían definitivos: rapidez, eficiencia, visibilidad, economía, sostenibilidad, sencillez… Como suelo decir, el carrete, como la propia fotografía, es el medio para lograr algo, el fin somos nosotros. ¿Pero el medio para lograr qué?

Y ahora, por favor, que continúe otra persona.

Fernando Puche


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Fernando Puche lleva casi cuarenta años haciendo fotos y casi veinticinco escribiendo sobre fotografía. Una cosa llevó a la otra y ambas a publicar libros. Seguramente son excusas para tener la cabeza ocupada, intentar ser mejor fotógrafo y escribir cosas que puedan interesar a los demás. Excusas para seguir experimentando la fotografía.

Web de Fernando Puche

Comentarios

Andrés ha dicho que…
Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.
Andrés ha dicho que…
En mi opinión, hay algo en la fotografía digital que rompe de alguna manera con algo que está en la motivación que muchos tenemos para acercarnos a la fotografía: la capacidad de capturar realidades tan etéreas como la luz y el tiempo con herramientas que comprendemos, aunque solo sea de forma básica o intuitiva. El sensor digital y los modernos procesadores de imagen introducen capas que ya no dominamos tan bien y, además, eliminan mucho de la necesidad de elección fruto de las limitaciones de sensibilidad, latitud, etc. Sentimos, algunos, el producto final como algo menos nuestro, menos íntimo, hasta volvernos a veces casi meros espectadores de nuestra propia obra.

Eso, y la carrera por la aburrida nitidez absoluta de muchos fabricantes. Con las lentes modernas, mis fotos digitales parecen telefilmes alemanes. No siempre es la vuelta a la química lo que me mueve a hacer fotos: con diseños ópticos "vintage", el resultado es menos perfecto, pero creo que más honesto. O, al menos, me reconozco más en él.

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