Volvamos a la habitación donde nos dejaron a solas con un ordenador diciéndonos que podría ser nuestro día de suerte y que, si decidiéramos utilizar la máquina, seguiríamos siendo fotógrafos. Imaginemos que han pasado un par de horas y no se nos ha ocurrido ninguna pregunta. Que seguimos en shock, llenos de dudas y cuestiones sin respuesta. La habitación está desnuda como un solar abandonado: cuatro fluorescentes en el techo, una mesa donde reposa el ordenador, un par de sillas y una estantería llena de polvo y de ausencia. El único estímulo podría venir de la máquina, de su algoritmo, de la creación de imágenes de un modo accesible, indoloro, rápido, efectivo, silencioso, cómodo, barato, relajado, seguro, preciso, limpio, extraordinario e infinito. Hay que reconocer que la tentación es grande. Y encima no nos piden nada a cambio, no nos imponen límites, no debemos abandonar nuestra vida cotidiana. Solo olvidarnos de la cámara, los desplazamientos y las esperas, y entrar un rato e...
Un espacio de Valentín Sama, sobre Fotografía. Desde 2004