Han pasado lustros desde que se impuso la inteligencia artificial en muchas áreas de nuestra vida. También en la creación de imágenes. Hubo personas que lucharon con denuedo para que no sucediera así, pero las concentraciones y los manifiestos no pudieron frenar el tsunami que supuso la generación de imágenes perfectas (es decir, realistas) en apenas un par de segundos. Se impuso el progreso tecnológico y ahora no sabemos cómo continuará este lío en el que estamos metidos.
Primero, nuestro cerebro buscó la comodidad, igual que lleva haciendo miles de años. Los científicos siempre sostuvieron que era la mejor máquina ahorrando energía, porque biológicamente estaba diseñada para ello. Y la IA nos evitaba muchas cosas, quizá demasiadas. Así que no pocas personas optaron por una herramienta que les hacía la vida fotográfica mucho más sencilla, aunque fuese a costa de los derechos intelectuales de otra mucha gente que hasta ese momento se había dedicado también a hacer fotos. El beneficio personal fue tan grande que sepultó el deseo de pensar en el impacto que podía tener para millones de «colegas». Cada vez que el algoritmo te devolvía la imagen deseada, una vocecita interior susurraba en tu cabeza: ¡Bien hecho! ¡Otra más!
Esas personas fueron creciendo en número hasta convertirse en un equipo fuerte, devoto e implicado. Formaron un enorme colectivo fotográfico mundial a favor de la IA, al cual llamaron: FOTOGRAFÍA SIN LÍMITES. Los límites les parecían absurdos, obsoletos y castradores. Se ayudaban mucho entre los numerosos grupos que componían el colectivo y despreciaban al resto, a quienes tachaban de retrógrados o apocalípticos. No entendían que hubiese gente que se opusiera a la comodidad, la rapidez o la eficacia. Producían tanto y tan rápido que pronto comenzaron a colonizar el mercado de las imágenes. Eran invencibles y estaban convencidos de ser los portadores de un mensaje divino: la creación purifica el alma y despierta el cerebro.
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| © Fernando Puche |
Mientras tanto hubo reacciones en contra por parte de muchos colectivos que, viendo la deriva que tomaba la creación de imágenes, fueron atomizándose a medida que la IA amenazaba con comerse todo el pastel. Se crearon asociaciones fotográficas alrededor del carrete, la cianotipia, los sensores digitales, las placas de vidrio el colodión húmedo, las cámaras de plástico, el fotoperiodismo, las imágenes virtuales, el blanco y negro o los revelados con café torrefacto de Colombia.
Uno de los problemas es que cada asociación fue radicalizándose argumentando la verdad de sus ideas y la negación de las contrarias. Eran como islas independientes e inconexas que nada querían saber unas de las otras. Defendían a muerte sus razones basándose en la originalidad de sus planteamientos, la antigüedad de los materiales, la modernidad de sus herramientas, la longevidad de sus copias, la belleza de los resultados, la simplicidad de sus procesos, la autenticidad de las imágenes o la universalidad de sus propuestas. Cada facción era como un cerebro tribal convencido de la bondad de su trabajo y al mismo tiempo del engaño que ofrecía su rival. Habían dejado de ser personas realizando fotos a su manera para transformarse en enemigos acérrimos.
Enseguida resultó obvio que no había mercado para todas las tribus implicadas; mientras se hacía evidente que la IA estaba comiéndoles el terreno a los demás a pasos agigantados. Las asociaciones más minoritarias fueron teniendo cada vez mayores dificultades para sobrevivir con sus propias herramientas, sus procesos o sus propuestas. Esto generó una lucha sin cuartel donde cada cual defendía su idea, su mensaje o su razón. Hacer fotos ya no era una cuestión puramente artística, sino que se convirtió en un asunto de militancia, incluso de fanatismo: o conmigo o contra mí. El dinero y la falta de oportunidades exacerbaron los ánimos y pusieron en pie de guerra a la gente que se dedicaba a la fotografía. Se acabó eso de la percepción estética o la mirada subjetiva. Nos encontrábamos en otra fase donde estaba en juego la supervivencia de ciertas propuestas, razones o herramientas.
Las acusaciones se convirtieron en el paisaje habitual del mundo fotográfico. Quienes hacían cianotipos denostaban el colodión húmedo por sus múltiples imperfecciones, mientras seguidores de Sally Mann echaban en cara a las propuestas más puristas una perfección artificial y alejada de la propia visión humana. Los que usaban cámaras de plástico desechables criticaban la seriedad formal de muchos practicantes, al tiempo que el fotoperiodismo se desmarcó del resto aduciendo el carácter original de la fotografía como conocimiento objetivo del mundo. Cada facción defendía a los suyos y criticaba a los demás en una enconada deriva dialéctica que terminó en odio visceral hacia las ideas que no fueran las propias. La ayuda o el cariño que se reservó para las almas cercanas se transformaban en desprecio cuando había que tratar con los otros grupos. Por eso pensar en posibles acercamientos o en acuerdos de mínimos resultó inútil hasta el punto de que los desencuentros fueron cada vez más sonados, más difundidos y hasta más violentos.
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| © Fernando Puche |
Muchas personas le echaron la culpa al algoritmo, pues con él comenzó el distanciamiento y hasta un evidente desprecio, pero es necesario reconocer que antes de la eclosión de la inteligencia artificial las posturas estaban lejos de coincidir. La radicalización volvió a todos menos tolerantes y por tanto bastante más dogmáticos. Se habló de polarización porque nadie daba su brazo a torcer, su razón para reflexionar o su idea a rebatir. Una lástima, la verdad, porque el paso de los años enquistó la situación a medida que la sociedad demandaba más imágenes, mayor perfección y más rapidez. El mercado desde luego fue implacable. Y es que la máquina producía sin descanso mientras muchos se quedaban sin aliento intentando seguir ese ritmo, sin fuerzas tratando de alcanzar esos números y sin dinero persiguiendo una excelencia humanamente inviable.
Todo parecía condenado a un infantil «solo puede quedar uno» hasta que un frío día de invierno saltó por los aires una de las sedes de la asociación que no quería límites. Parece ser que utilizaron Goma-2. El local quedó como si hubiera impactado un misil balístico intercontinental. Lo peor de todo es que fallecieron dos personas. El mundo de la fotografía contuvo la respiración: ¿qué sería lo siguiente?
Me disculparán si evito darles mi nombre y el lugar donde me encuentro en este momento. Ahora mismo mi vida corre peligro. Vivo en un sótano del extrarradio y apenas salgo para comprar víveres o cuando tengo una urgencia médica. Elegí este lugar porque sin ventanas a la calle es mucho más difícil que me localicen. Desde aquí produzco unas dos mil imágenes al día que vendo a revistas, agencias de publicidad, periódicos, estudios de diseño, ministerios, empresas de comunicación, editoriales, gestores de imagen o ayuntamientos. La verdad es que no me va nada mal. Quitando el fastidio del anonimato, mis ingresos son mucho mayores que cuando trabajaba con una cámara. La fotografía ha cambiado y muchos no quieren darse cuenta. Allá ellos y sus razones. El futuro nos pertenece y solo puedo darle gracias al universo por esta oportunidad que me ha dado.
© Fernando Puche
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