Volvamos a la habitación donde nos dejaron a solas con un ordenador diciéndonos que podría ser nuestro día de suerte y que, si decidiéramos utilizar la máquina, seguiríamos siendo fotógrafos. Imaginemos que han pasado un par de horas y no se nos ha ocurrido ninguna pregunta. Que seguimos en shock, llenos de dudas y cuestiones sin respuesta.
La habitación está desnuda como un solar abandonado: cuatro fluorescentes en el techo, una mesa donde reposa el ordenador, un par de sillas y una estantería llena de polvo y de ausencia. El único estímulo podría venir de la máquina, de su algoritmo, de la creación de imágenes de un modo accesible, indoloro, rápido, efectivo, silencioso, cómodo, barato, relajado, seguro, preciso, limpio, extraordinario e infinito. Hay que reconocer que la tentación es grande.
Y encima no nos piden nada a cambio, no nos imponen límites, no debemos abandonar nuestra vida cotidiana. Solo olvidarnos de la cámara, los desplazamientos y las esperas, y entrar un rato en esta realidad paralela aséptica y muda. Hay que ser una persona muy fuerte o muy estúpida para dejar pasar la oportunidad. Pero, por encima de todo, hay que abandonar la experiencia fotográfica que nos trajo hasta aquí. Hay que abandonar el olor y la brisa, los sonidos y la tierra. Hay que dejar ese mundo que llenó nuestra cabeza y nuestro cuerpo de recuerdos y sensaciones. Porque la máquina nos promete, eso dijeron, una vida mejor.
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| © Fernando Puche |
En el fondo, una foto no deja de ser la impronta visual de una vivencia mucho más amplia. Da igual lo que vivamos mientras recorremos el mundo en busca de algo: lo que aparecerá en la imagen será solo la parte visual que estaba frente a la cámara. Lo demás se queda en nuestra mente, en nuestro cuerpo, en la historia que contemos para justificar o adornar esa aventura. El proceso de creación ha ido disminuyendo en importancia a medida que la tecnología iba modificando la manera de hacer las fotos, de imprimirlas, de proyectarlas y de compartirlas. El esfuerzo, mayor o menor, para crear una fotografía ya no es determinante para otorgarle valor. El resultado final y el discurso son ahora los nuevos reyes de la pista de baile.
La tecnología eliminó la necesidad de líquidos tóxicos y materiales corrosivos. Se acabó el mercurio, el cobre, el plomo. Más tarde ya no fue necesario ni revelar químicamente la película (para eso estaban los sensores) ni sumergir las copias en revelador, baño de paro o fijador. Todo lo hemos ido asumiendo con la normalidad lógica de quienes habitan un mundo tecnológico. Un mundo donde si te apetece una hamburguesa a las tres de la madrugada, va una persona en bicicleta y te la lleva a la puerta de tu casa. Da igual si truena o hace bochorno.
Así que la máquina nos ofrece lo mismo que la cámara: una impronta visual. Y en ambos casos el proceso queda oculto; en el primer caso, dentro de una programación, y en el otro, dentro de una cabeza humana. Si hoy en día ya no importa tanto si una imagen se hizo con o sin Photoshop, si la cámara era analógica o digital, si se usó un filtro óptico o se añadió durante la edición, si se retocaron las sombras o se utilizó una máscara de enfoque, si la copia se hizo con una ampliadora o usando un papel con base de algodón y tintas pigmentadas, queda preguntarse hasta qué punto es relevante el proceso utilizado en crear una fotografía. Si da igual que la foto de un bosque de pinos calcinado por el fuego se haya hecho con una cámara de placas o con IA.
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| © Fernando Puche |
El proceso de realizar una fotografía con una cámara (o con otra herramienta que capte imágenes) es más pesado, costoso y complejo que pedírselo a un algoritmo, pero implica muchas cosas que van más allá de la comodidad, el coste y la rapidez.
Salir con una cámara a buscar algo significativo implica hacer algo que hasta ahora no pueden hacer las máquinas: mirar el entorno y sentirlo. Esta primera acción es importante porque supone enfrentarnos a un paisaje cambiante y a menudo efímero que impacta sobre nuestras retinas, pero también sobre nuestro cuerpo y nuestra memoria. Es el mundo abrazándonos para entender que pertenecemos al territorio. Luego, una vez encontrado un motivo interesante, hay que decidir cómo captarlo, y esto supone aplicar una técnica propia, es decir, una forma de hacer las cosas. Cada persona hace fotos de una manera distinta, y esta manera ofrece unos resultados u otro. El encuadre, los diferentes planos, la fuente de luz, el horizonte, la orientación de la cámara, los elementos incluidos. Cada decisión crea una imagen distinta, un estilo, una técnica, un resultado, una marca, un sello, una identidad.
Salir con una cámara implica «perder el tiempo» buscando, rastreando, persiguiendo, husmeando, ojeando, incluyendo, comparando, discriminando, mezclando y excluyendo. Un tiempo precioso que nos obliga además a trabajar con muestras expectativas y, por tanto, con la frustración. A evaluar distintas opciones y, por eso mismo, a aprender a elegir. A trabajar con lo que nos encontramos y, por tanto, a desarrollar la creatividad. A decidir qué camino tomar y dónde nos quedamos y, por ello, a establecer un cierto vínculo con un mundo del que formamos parte.
Sí, el proceso importa, aunque no pensemos en él cuando vemos una fotografía colgada en las paredes de un museo o en las páginas de una revista. El proceso importa porque a través de él establecemos una determinada relación con la obra creada. Importa porque nos permite desarrollar ciertas habilidades que condicionarán el resultado, es decir, la apariencia final de una obra. Porque nos enseña a apreciar el tiempo que pasamos frente a aquello que deseamos atrapar. Por cierto, un tiempo valioso y decisivo. Porque permite enfrentarnos al error, a las deficiencias personales, a nuestros propios límites, al desempeño formal, técnico y mental. A lo que nos falta y a lo que nos queda.
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| © Fernando Puche |
El proceso importa porque nos enseña que crear algo requiere esfuerzo, reflexión, trabajo, constancia e imaginación. Que perseguir la perfección, lo sublime, la utopía o la excelencia nos pone frente al espejo de nuestras aptitudes, motivaciones, destrezas y voluntades. No hace falta llegar, pero al menos intentarlo, ponernos en marcha.
Y ahora, de vuelta a nuestra querida habitación desnuda, tras dos horas de incertidumbre y meditación, hagamos funcionar la máquina para pedirle la imagen de un bosque de pinos arrasado por las llamas y, una vez frente a ella, pensar sobre la importancia del proceso a la hora de realizar una fotografía.
Y si aun así no se nos ocurre ninguna pregunta, recordar lo que le preguntaron los críticos musicales a Miles Davis en 1960 mientras presentaba su disco Sketches of Spain: ¿Esto es jazz? Y hacernos nosotros una pregunta similar: ¿Es esto fotografía?
(La respuesta final es lo de menos, importa la profundidad del abismo que decidamos explorar.)
© Fernando Puche
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