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Fotografía e Inteligencia Artificial (XXV)

¿Os acordáis de Marta? Ojalá sea así. Esa fotógrafa a la que pedimos realizar una fotografía de paisaje y que luego intentase replicarla usando inteligencia artificial. Pues ahora vamos a hacer algo parecido, pero esta vez le pediremos a un fotógrafo que nos cuente cómo hace una foto y vamos a compararlo con el proceso seguido por un programa de IA para generar una imagen similar.  

En esta ocasión le vamos a pedir el favor a nuestro amigo Leopoldo, de aquí en adelante Leo, quien lleva muchos años haciendo fotos de viajes, naturaleza, street photography y también algo de fotografía aérea. Para esta prueba le preguntaremos cómo realiza una foto de, por ejemplo, algún parque nacional que nos sea conocido, y luego veremos el modo en que el algoritmo genera imágenes. Como la otra vez, este es también un pequeño ejercicio de visualización puesto que iremos explorando el desarrollo de creación o generación de una foto y podremos irlo imaginando en nuestra mente. Vamos allá.

Comenzamos pidiéndole a Leo (alto, delgado, casi albino) que nos cuente cómo hace para realizar, por ejemplo, una foto del Parque Nacional de Ordesa en invierno. Tal y como hicimos con Marta, nos reunimos con él, pero esta vez en una franquicia de comida japonesa y pedimos un menú de sushi para dos. Lo primero, nos dice él, se trata de visualizar el tipo de foto buscada, es decir, qué deseamos que aparezca en la imagen. Dependiendo de si deseamos una foto de vegetación, de los paredones rocosos, de detalles, de alguna cascada o del entorno con una luz muy concreta, entonces se trata de seleccionar el lugar del parque nacional donde ir y la hora del día. Ordesa en invierno se cubre de nieve; así que es necesario estar atentos a las previsiones meteorológicas para encontrar un momento óptimo, si es posible antes de que las nevadas cubran las carreteras de acceso. 

© Fernando Puche

Una vez allí la verdad es que las posibilidades son casi infinitas. Leo nos pone un ejemplo con las paredes de roca que rodean el valle. Según su orientación recibirán luz solar directa o permanecerán en sombra. Esto condiciona el contraste, la exposición y los tonos que aparecerán en la fotografía. Como a nuestro amigo le gustan los contrastes de colores fuertes, nos propone imaginar una pared de roca iluminada por la última luz de la tarde como fondo de un bosque de árboles desnudos. Visualicemos, pues, una pared enorme de color entre anaranjado y cobrizo con un primer plano de árboles silueteados sin hojas. ¿Sugerente, decorativa, clásica, previsible, melancólica, visualmente atractiva? Da igual; el caso es ponernos dentro de las botas del autor y tratar de soñar cómo sería estar allí y captar eso. 

Hasta aquí hemos necesitado bucear en nuestra memoria, evocar las cosas que nos emocionan, relacionarlas con un lugar concreto, estudiar previsiones climáticas, orientación de la luz, puntos de vista posibles y, entre otras muchas cosas, la ubicación del primer plano. Antes de llegar al sitio todo son conjeturas, y una vez allí todo son decisiones. Conocer el enclave nos da algunas ventajas, pero luego se requiere saber jugar con lo que cada espacio nos ofrece. El trabajo con las expectativas es crucial. Entre muchas de las decisiones que es necesario tomar están las relacionadas con el sitio exacto en el cual colocar la cámara, hacia dónde orientarla, qué incluir y qué dejar fuera, la lente idónea, el tiempo de exposición, la utilización de filtros, el momento exacto para apretar el botón… La lista es extensa. Cometer un error puede ser fatal. Y Leo hace la totalidad de esas cosas gracias a su cabeza, pero también a su cuerpo.

Todo esto puede llevar minutos, horas o días. Depende de lo que él se encuentre, de cómo haya dormido esa noche, de si le gusta más o menos lo que ve, del viento, de las nubes, del tipo de luz iluminando la pared elegida, de la temperatura ambiente, de si las ramas están sin hojas, de si decide volver en otra ocasión o hacer la foto con lo que el lugar le ofrece ese día. Curiosamente, a la máquina le pasa algo parecido: no sabemos lo que va a ofrecernos. El misterio habita en ambos procesos, solo que la IA no piensa, no siente, no duerme bien o mal, no evalúa la relevancia de lo elegido porque solo puede extraer de imágenes ya creadas una serie de patrones que combina en función de los marcos prefijados por quienes la han programado. No ha vivido ni respira el aire del invierno, no tiene preferencias estéticas, no posee expectativas, no juzga si lo generado es bueno o malo para sus intereses, no puede volver al día siguiente, ni la semana después, ni al año próximo. Carece de contexto.

© Fernando Puche

Bien; este es buen momento para detenerse y decir que el libre albedrío del cual se supone que gozamos los humanos es también limitado. No tanto como el del algoritmo, pero a veces está muy restringido, mucho más de lo que podamos creer. Leo ha de tomar un buen número de decisiones y, sin embargo, la mayoría son condicionadas y a menudo inconscientes. Sus gustos estéticos han sido modelados por años y años yendo a exposiciones ajenas y visionando obra de otros autores. Si cuando la máquina combina trozos de imágenes lo hace condicionada por cómo ha sido programada, cuando nuestro amigo imagina posibles fotos de una pared rocosa en Ordesa lo hace en función de lo que ha visto a lo largo de años. Y también cuando las realiza. La palabra «libertad» suena muy bien, pero es engañosa como un delirio. 

Hasta ahora el fotógrafo no ha hecho sino hacerse preguntas. Qué captar, cuándo hacerlo, con qué objetivo, cómo retratarlo, desde dónde, por qué ahora y no mañana… Y para cada una de ella ha necesitado ofrecer una respuesta que ha desembocado en la fotografía final. El algoritmo no solo no entiende las imágenes visuales tal y como lo hacen las personas, tampoco se hace preguntas, pues no está programado para ello, no puede. Las respuestas ofrecidas a quien le pide una imagen están supeditadas a su programación interna. Podríamos decir que Leo se cuestiona lo que tiene delante y responde con lo que sabe, mientras la máquina solo responde a un deseo ajeno según los archivos a los cuales tiene acceso. Los seres humanos, como las máquinas, tenemos límites, pero nosotros nos cuestionamos las cosas; ellas de momento no alcanzan semejante grado de autopercepción. Y esto tiene mucha relación con el conocimiento que adquirimos del mundo. Un conocimiento vivencial y directo del cual la máquina carece. 

Bien; aceptando el condicionamiento de nuestras decisiones, también es cierto que las personas poseemos un margen de maniobra que el algoritmo no tiene. Al final podemos decidir no hacer la foto, esperar cinco minutos más, cambiar la lente, colocarnos a diez metros de donde estamos. Dentro del marco social en el cual vivimos, las respuestas que ofrecemos tienen al menos un grado de libertad que la IA desconoce, pues no puede decidir qué, cómo y cuándo generar algo. Carece de iniciativa.

© Fernando Puche

Ahora que Leo ha hecho la foto, la experiencia vivida se incorpora a su memoria (en forma de imágenes, sonidos y sensaciones) en función de la carga emocional de lo observado y sentido. La máquina incorpora las obras generadas a su particular archivo de imágenes (en general, miles o millones de obras), pero cada una de ellas no posee ninguna huella especial que la distinga de las demás, excepto su apariencia y las preferencias de la propia programación. La carga emocional de cada experiencia es vital en los humanos, pues según sea ocupará un lugar u otro dentro del intrincado universo de la memoria. Cada recuerdo es un pedazo de nuestra vida unido a un sentimiento que muta con el tiempo pudiendo llegar a diluirse. A diferencia de nuestro cerebro, el algoritmo falla en aspectos como la motivación y la emotividad, pues solo elige cuáles usar según las pautas informáticas que rigen su funcionamiento y solo prioriza archivos según haya sido programado. 

Cuando nuestro amigo vuelva a Ordesa en el futuro (o a cualquier otro sitio) se acordará de esa foto que le pedimos o no, pero es seguro que le habrá proporcionado un conocimiento adicional de ese lugar en forma de aprendizaje visual, emotivo, físico, sensorial y orgánico. Las personas no «archivamos» a partir de lo que vemos, tocamos u olemos, sino en función de cómo lo vivimos, es decir, según nos afecte esa experiencia. Por eso es tan importante entender cómo mente y cuerpo trabajan juntos, y es que las fotos que finalmente Leo decide realizar no son solo consecuencia de lo visto, sino también de lo vivido en ese momento y en ese lugar. Sin embargo, para una IA los archivos (los «recuerdos» de la máquina) son solo eso: material disponible para producir. Para nosotros son una manera muy valiosa de conocer el entorno y, a la postre, de conocernos a nosotros mismos. Entre otras cosas, a ese darse cuenta de quiénes somos, cómo actuamos y por qué lo hacemos se le llama conciencia.

El archivo de fotos que Leo ha ido produciendo en los últimos veinte años no es solo un conjunto de imágenes más o menos atractivas o interesantes. Reflejan sus preferencias visuales, así como lo que ha buscado y el modo de resolver sus desafíos fotográficos. Son la parte visible de buena parte de su propia vida. Ahora bien, esas mismas fotografías, hechas con tanto cariño y dedicación, no pueden transmitir todo lo que ha experimentado su autor mientras las hacía. Esto es invisible para la cámara y también para cualquiera que mire esas fotos. Son solo registros visuales de una vivencia mucho mayor. La IA tampoco necesita mucho de lo que requería hasta hace poco una buena fotografía. De alguna manera, muchas de esas habilidades ya no son necesarias. Por eso lo importante no es tanto que sean indistinguibles las fotos hechas por Leo de las que genera una IA, sino qué clase de fotógrafo o fotógrafa queremos ser. Qué tipo de experiencia deseamos vivir.

© Fernando Puche

Terminado el sushi, la bebida y un par de dorayakis, pedimos la cuenta mientras reflexionamos sobre las posibles consecuencias de reducir la fotografía a una mera cuestión de matemática combinatoria, en base a fiabilidad, rapidez y eficacia, dejando al margen la dimensión corporal, el conocimiento del medio y las sensaciones que genera dicho acto. Entonces nos planteamos esta pregunta: ¿Puede traducirse la experiencia fotográfica a los términos de un código informático?

Responder a este interrogante significa también decidir si cuando realizamos una foto deseamos vivir o simplemente generar una imagen. Quizá esto nos ayude a profundizar algo más sobre qué significa realmente para nosotros fotografiar.

© Fernando Puche


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En esta serie:

Fernando Puche lleva casi cuarenta años haciendo fotos y casi veinticinco escribiendo sobre fotografía. Una cosa llevó a la otra y ambas a publicar libros. Seguramente son excusas para tener la cabeza ocupada, intentar ser mejor fotógrafo y escribir cosas que puedan interesar a los demás. Excusas para seguir experimentando la fotografía.

Web de Fernando Puche                    

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