Imaginemos que le quitamos a la fotografía las cámaras, los móviles, el escáner, los filtros, las lentes, el trípode, los sensores, el disparador de cable, los carretes, las bolsas o mochilas donde llevar el equipo, las ampliadoras, los adaptadores, el fotómetro, las pantallas reflectoras, el nivel de burbuja, los fondos, el flash, las cajas de luz, el vestuario, los negativos, el revelador, el baño de paro y el fijador.
Que también le quitamos los lugares que tarde o temprano visitaremos, los mapas, las indicaciones de nativos y lugareños, los madrugones, las caminatas cuesta arriba o cuesta abajo, las esperas, los bocadillos sentados en una roca, saludar a quienes se cruzan en nuestro camino (o nosotros en el suyo), la fatiga, los pies fríos, la frente empapada, orinar detrás de unos arbustos, limpiarte el culo con papel de periódico, saltar una valla, pedir permiso para saltarla, beber agua de la botella o de un manantial, caminar, volver a beber agua, caminar, beber agua de nuevo y alcanzar por fin el sitio elegido.
Imaginemos que nos quitan el deseo de ir, la inquietud de no llegar, las dudas sobre qué encontraremos, la prisa por alcanzar a tiempo un enclave concreto, los celos de otras personas que ya fotografiaron ese lugar, la impaciencia esperando ese momento decisivo que más que un momento es un suspiro, los ojos que buscan, el aliento que falta, la angustia de haber perdido la ocasión de tu vida, la frustración de creer que ya no tendrás otra oportunidad como esa, el gozo de volver a tener delante de ti eso que creías perdido, las ganas de regresar, el temor a volver con las manos vacías, la fe, el desánimo, los apuros, la falta de confianza, los bloqueos creativos, el miedo a fallar, a no tener buenas ideas nunca más, a que la obra no encaje con lo que sentiste al hacerla, a que las fotos que acabas de realizar salgan movidas, desenfocadas, quemadas, oscuras o veladas.
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| © Fernando Puche |
Que nos quitan también esa mirada que no mira para ver sino además para encontrar, esa mirada que recorre el paisaje buscando algo extraordinario, que escudriña un rostro tratando de encontrar ese gesto que le delata, que explora una fábrica abandonada con la esperanza de encontrar algo que refleje soledad o ruina, que recorre los objetos de un bodegón analizando texturas, líneas y contrastes, que vaga por la ciudad como una patrulla de policía en busca de delincuentes, que mira al cielo estrellado tratando de encontrar una señal que le indique el camino.
Imaginemos, por qué no, que le quitan a la experiencia fotográfica el sonido de los ríos, el rumor de las olas, la quietud del invierno, el olor del océano, la canícula del verano, el éxtasis del otoño, la explosión de la primavera, el roce de las jaras, ese impacto sobre el terreno con cada pisada, los trinos de las aves, la sensación de tener alguna uña rota, los aullidos del viento, las piernas exhaustas, los brazos cansados, la boca seca, los pies doloridos, el pelo sucio, la piel sudada o el estómago vacío.
Que le quitan, qué le vamos a hacer, cada cuerpo que transporta un cerebro de un espacio a otro, cada mano que maneja un artilugio para captar lo que está delante o lo que nos viene en gana, cada ojo que compara lo visto con lo imaginado, cada célula de la epidermis sintiendo lo que le rodea por todas partes, cada mente que persigue sueños diferentes porque ve realidades distintas pues ha vivido vidas dispares. Que le quitan a la experiencia de hacer fotos la capacidad de explorar el medio, tocarlo, escucharlo, olerlo y sentirlo. La capacidad de comunicarse con él a través de la contemplación directa. La capacidad de sentir, porque a veces ocurre, la sensación de ser uno solo con el universo.
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| © Fernando Puche |
Imaginemos por un segundo, un segundo decisivo, que a la fotografía le quitan lo que hasta ahora parecía necesario para realizar una foto y que, además, nos arrebatan muchas de las sensaciones que hemos vivido cuando salíamos a fotografiar el mundo, ese pequeño mundo que cabía en nuestra imaginación y en nuestros deseos.
Y que una vez hecho esto –visualicemos con detalle– nos llevan a una habitación ni muy pequeña ni muy grande (iluminada con cuatro fluorescentes), nos sientan en un sillón ni muy alto mi muy estrecho, y nos traen una máquina negra que se parece a la CPU de un ordenador con su pantalla correspondiente. Y dos personas, un chico y una chica muy serios, vestidos de negro con traje, corbata y gafas oscuras, van y nos dicen que ya no necesitamos salir de ahí para generar las obras que llevamos realizando buena parte de nuestra vida. Y que esa máquina únicamente precisa que le digamos la imagen que deseamos obtener. Que será accesible, indoloro, rápido, efectivo, silencioso, cómodo, barato, relajado, seguro, preciso, limpio, extraordinario e infinito.
No nos dan a escoger entre la píldora roja o la píldora azul. Nos dicen que aquí no hay pastillas que valgan, que se trata de elegir entre cuerpo, esfuerzo, profundidad y ruido, frente a reposo, comodidad, silencio y sosiego. Y, sin levantarse de sus sillones de piel granate desgastada, afirman que, pese a todo ello, seguiremos siendo fotógrafos. Que eso que llaman «realidad» no ha de ser costosa, cansada o imprevisible.
Antes de marcharse nos aseguran que si elegimos bien podría ser nuestro día de suerte. De mucha suerte.
Y van y nos dejan solos.
¿No nos plantearíamos al menos alguna pregunta?
© Fernando Puche
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