Fotografiar la selva no es fácil. Detesta los intrusos. Para poder hacerlo has de fundirte con ella y eso requiere tiempo. Tanto que a veces uno se muere y no ha logrado vislumbrar su cara. Porque el rostro de la selva solo puede verse si te da su permiso. La cámara, desde luego, no ayuda. Oscura y negra. Así es la selva cuando no quiere que la veas. Pero lo peor no es eso. Lo peor es ese aroma a putrefacción y humedad. A quebranto y a náusea. A muerte, en definitiva. Hay que recorrerla muchas veces para acostumbrarse a ese ambiente de amenaza y de desprecio. La selva no te necesita y la cámara, por supuesto, no ayuda. La selva, en realidad, produce espanto y la cámara no puede capturar nada de eso. Puede abrir un ojo, porque es lo que mejor sabe hacer, pero no puede sacarle la luz que ella guarda con celo. La selva no se alía con ningún ser vivo. Tiene sus propias reglas y no desea compartirlas con nadie. Quien se adentra en ella sabe que penetra en un territorio donde la vida vale mu...
Un espacio de Valentín Sama, sobre Fotografía. Desde 2004