Me tiré mucho tiempo haciendo fotos sueltas. Una textura, un amanecer, una orilla helada, un tronco caído, una cascada en medio del bosque, un cúmulo de algas, una nube incandescente, un reflejo. ¡Uf!, había tantas cosas bellas que fotografiar. El mundo natural me abrumaba y me seducía. Solo había que llegar al lugar adecuado en el momento preciso. Fotografiar era una fiesta, sobre todo para la vista.
Las fotos sueltas no me generaban ningún problema (las adoraba) hasta que en alguna revisión de porfolios me preguntaron por la historia que quería contar. ¿Yo? ¿Una historia? ¿Qué historia? Son fotos, ya está, no necesitan explicación, son parte de mi vida, de mi forma de mirar y de relacionarme con el entorno. ¿Acaso no lo ves? ¿Estás ciego o qué?
Bueno, en realidad yo no decía nada de esto; solo lo pensaba. Y cada vez que afirmaban que mis fotos eran bonitas yo asentía con rabia, porque en realidad mis fotos sueltas reflejaban eso mismo: escenas hermosas de lugares idílicos. Yo quería que los demás se enamorasen de mis fotos (tal y como yo mismo había hecho), pero apenas estaba consiguiendo que las mirasen como bellas postales de lugares paradisíacos. Y aun así he logrado enseñar, exponer y publicar, por lo que no debería quejarme. En el fondo soy un quejica; eso es lo que soy.
![]() |
| © Fernando Puche |
Pero esa rabia me enseño algo: que las fotos sueltas no eran muy bien acogidas. Que la gente del mundillo quería historias, series, proyectos. Preferían grupos de imágenes, explicaciones, conceptos, texto y relatos. Y yo no hacía más que ofrecerles estética, formalismo y sentimiento. La vocecita que me susurra de cuando en cuando al oído se despertó a tiempo para decirme: «Venga chaval, no pasa nada por darle algo de enjundia narrativa a tus fotos; joder, no seas viejuno, adáptate, pon algo de tu parte, te vendrá bien, ya verás, ampliará tu propio proceso creativo, no seas cerril, fluye un poco que te vas a oxidar.» O al menos yo interpreté algo parecido.
Y mientras reflexionaba sobre las palabras que me había dedicado cariñosamente mi vocecita interior, un amigo me regaló unos filtros difusores que ni había utilizado antes ni conocía. Tampoco difuminaban mucho, aunque puestos los tres a la vez (uno encima de otro) y a pleno sol creaban un efecto interesante, muy sutil y muy pictórico. ¿Regresar a la belleza? No exactamente; regresar a un paisaje menos realista, aunque al servicio de una idea. Y tuve que «inventarme» una idea antes de decidir qué hacer con esos filtros. La idea que se me ocurrió procedía del daguerrotipo, ese proceso del siglo XIX ‒inventado por Louis Daguerre‒ que, mediante el uso de una cámara, producía imágenes de gran detalle sobre una placa de metal (Wikipedia dixit).
![]() |
| © Fernando Puche |
Bueno, en realidad, la idea provenía del sobrenombre con el que también se conocía a los daguerrotipos: «Espejos con memoria.» Y me pareció tan magnífica esta expresión, y tan poética, que incluso pensé en titular la serie de esa misma manera. Más tarde, no recuerdo por qué, le cambié el título y lo sustituí por El espejo del mundo. Pero la semilla conceptual era la misma: el juego de espejos entre el daguerrotipo y la superficie del agua. Un motivo que he fotografiado demasiadas veces y sigo reverenciando. Reflejos de nubes incandescentes, de vegetación exuberante, de cimas nevadas, de cielos planos o paisajes naturales. Nunca me canso.
Si el daguerrotipo era una superficie metálica donde quedaba fijada la imagen de una persona, por ejemplo, y esa perdurabilidad le otorgaba la calificación de «memoria», ¿no podría ser posible que todo lo que se reflejase en una superficie acuosa quedase atrapado en ella para siempre? ¿Incluso aunque solo podamos ver lo que se refleja en un preciso instante? Bien; es una idea ficticia, irreal y disparatada, pero era una excusa perfecta para iniciar un nuevo proyecto con tres filtros nuevos, una cámara réflex de 35 mm (mucho más ligera, no necesitaba trípode) y ponerme a buscar otra vez escenas, paisajes y estéticas que me sedujesen.
De nuevo decidí, por pereza y cansancio, no irme lejos. Al fin y al cabo, se trataba «solo» de fotografiar agua, ya fuese en un estanque, en una laguna, en un embalse o en una charca (pero de agua no muy sucia). Daba igual el lugar, la calidad del líquido, la cantidad o la textura. Solo quería cercanía y días soleados. Más fácil, imposible.
![]() |
| © Fernando Puche |
Busqué en internet masas de agua (estanques, lagos, presas) cercanas a mi casa y salí en días soleados con mi cámara y los tres filtros difusores. La premisa era lograr imágenes realistas, pero con un punto de abstracción que no llegase al de las series anteriores del bosque o el océano. Un punto intermedio, una tierra de nadie, un limbo visual. Y una vez seleccionadas doce imágenes interesantes y variadas (según mi idea de lo interesante y lo variado), entonces di el proyecto por acabado, y guardé el material en sus cajas, sus archivadores y sus fundas.
Fue barato, mucho (apenas un par de carretes), breve y sencillo. Pensar, mirar, sentir y hacer fotos, eso es todo. Tal y como nos gustaría que fuese la vida en muchas ocasiones.
Fernando Puche



Comentarios