Me he tirado media vida, y algo más, buscando cosas que ya tenía en mi memoria: árboles, reflejos, paisajes, texturas, cielos, rocas, océanos y nubes. He cambiado la herramienta, el enfoque, la idea, el lugar, la justificación y el modo de presentarlo, pero en esencia sigo persiguiendo los mismos elementos que me han hecho el fotógrafo que soy. Sigo buscando una belleza que me emocione.
Y entre tanta salida al campo, tantos madrugones, tanta profundidad de campo, tanto color saturado, tanta visita a Parques Nacionales, tanto caminar y tanta película de diferentes formatos, parece normal que se hayan quedado cosas sin terminar, ideas sin fotografiar, libros sin publicar, imágenes sin proyecto y conceptos sin imágenes. No es mi experiencia exclusiva; es lo lógico en cualquier persona que se pase unos cuantos años intentando crear cosas, ya sean fotos, pinturas, canciones o poemas. Se llama irregularidad, dependencia y ánimo. O lo que es lo mismo: las inevitables curvas de la vida. No somos máquinas, por fortuna.
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| © Fernando Puche |
A lo mejor la IA puede estar toda una vida humana haciendo fotos sin parar, pero yo, además de hacer fotos, he cocinado miles de veces, he puesto incontables lavadoras, he limpiado los baños de mi casa cada vez que la mugre avanzaba, he salido al mercado semana tras semana, he criado a mi hija (y todavía sigo), he pateado cientos de caminos, me he reunido en infinidad de ocasiones y, entre otros millones de cosas, he abrazado a un número incontable de personas, muchas de ellas maravillosas. Y todo esto me ha hecho ser el fotógrafo que soy, incluso con la ropa sucia o los dientes sin lavar.
Muchas fotos sueltas que hice durante mis primeros años siguen metidas en archivadores sin que nadie, excepto yo, las haya visto. Tengo cajas enteras llenas de placas que, por una razón u otra, no me terminaron de convencer. Publiqué un libro del que solo vendí un ejemplar. He pagado escaneados de fotos que nunca llegué a usar y he costeado el diseño de libros que nunca me atreví a publicar. El dinero, como la energía, es limitado y hay que saber administrarlo, aunque sea difícil adivinar el destino final de muchas ideas.
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| © Fernando Puche |
Los proyectos fotográficos tienen una génesis fortuita y misteriosa. Sabes cómo serán cuando ya están hechos, igual que sabes cómo va a desarrollarse cuando lo das por terminado. El año anterior no sabes nada. Incluso ni una semana antes. Llegan a ti o a tu cabeza por motivos que a menudo no puedes predecir y por caminos que jamás imaginaste. Nunca sabes cuándo se encenderá la bombilla de la creatividad.
He sacado ideas (o me han llegado) para hacer fotos, escribir textos o comenzar series de elementos muy diversos: fotos ajenas, libros, canciones, novelas, charlas de café, conferencias, amistades, exposiciones o programas de televisión. Y de igual modo se me han ocurrido ideas (o han llegado a mí) en el campo, en el coche, en casa, caminando, escuchando música, en el trabajo, comiendo, en la consulta del médico e incluso, creo, en la ducha. Algunas de esas ideas se desarrollaron y florecieron. Bastantes crecieron y se marchitaron. Otras no llegaron ni a asomar la cabeza. Muchas aparecieron y se difuminaron sin dejar apenas huella en mi memoria.
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| © Fernando Puche |
Los caminos de la creatividad son en gran medida inescrutables. Influye dónde vives, con quién te relacionas, tu grado de implicación, de perseverancia, de disfrute. Influyen tus circunstancias personales, familiares y sociales. La creatividad se puede entrenar, claro que sí, pero también está sujeta a multitud de limitaciones que a veces se nos escapan porque mucho de lo que hacemos o pensamos surge del subconsciente y es, por tanto, impulsivo, involuntario o instintivo.
Un proyecto le debe mucho a la cabeza de la persona que lo crea (sus ideas, su ingenio, su lucidez), pero también a su salud física y emocional, a sus afectos, su estado de ánimo y sus relaciones sociales. Le debe todo, en definitiva, a cómo habitamos nuestro lugar en el mundo. Un proyecto que, diría Ortega y Gasset, es el autor y sus circunstancias.
Las ideas llegan y se van y no acertamos a saber a ciencia cierta por qué unas permanecen y otras se evaporan. Solo queda seguir insistiendo, no desfallecer demasiado, sentir curiosidad y querer continuar creciendo y aprendiendo. Los frutos, se llamen como se llamen y tengan el aspecto que tengan, llegarán.
El éxito, al final, no consiste en que un par de ideas tuyas, o un puñado, gusten a mucha gente. El éxito es que seas capaz de desarrollar una de esas ideas, o varias, y que al terminar sientas orgullo de lo que has hecho. Si gusta o no es algo subjetivo que está además totalmente fuera de tu control. Crear, sentir, disfrutar, aprender y madurar. Esto es el éxito.
Fernando Puche



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