Es bueno asumir que el sentido de la vida, aun siendo algo importante y decisivo, puede llegar a ser tan cambiante o fugaz como las creencias, los gustos e incluso las modas. Así nos costará menos entender que las estructuras mentales rígidas y cuadriculadas son buenas para unas cosas, pero muy malas para otras. Por ejemplo, son un hándicap para aceptar nuevos puntos de vista o modificar percepciones.
Y este cambio profundo en la percepción de la persona que hace fotos no es sino otra vuelta de tuerca; el enésimo giro de la historia. El fotógrafo, por tanto, no ya como alguien que busca a su alrededor una imagen del mundo que le seduzca, sino la de una persona que «crea» ese mundo a través de una orden dada a una máquina. Y no vamos a entrar en el debate de si la fotografía miente porque es infinito.
La fotografía, al menos hasta ahora, tenía mucho que ver con las cosas que no aparecían en la imagen. Cosas a veces intangibles, casi siempre desconocidas para el espectador. Hacer una foto, al menos en mi caso y al menos respecto a los paisajes, significaba viajar, desplazarse, explorar. Asumíamos que sin ello parecía imposible hacer una foto o, al menos, una buena foto. Esto ya involucraba al cuerpo, y con él a los sentidos. La búsqueda física de eso que deseas fotografiar conlleva un ejercicio de inmersión y de significado: ¿Qué me transmite eso que tengo delante? ¿Qué siento cuando lo veo? ¿Cómo encaja en mi experiencia del lugar y de la existencia?
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| © Fernando Puche |
Cuando una persona explora un enclave, el que sea, cualquier estímulo condicionará la percepción, cualquier detalle cuenta. La temperatura, los sonidos, el grado de humedad, la disposición de plantas o rocas, el tono del cielo, la densidad del aire, el perfil de las nubes, la calidez de la luz… Y hablando de calidez, dicen que la luz modifica el espacio y que el espacio modifica la experiencia. Lo mismo puede aplicarse a ruidos, texturas o colores. Cada lugar en cada momento nos genera una vivencia distinta que tiene que ver directamente con cómo recibimos eso que nos llega en cada etapa de nuestras vidas.
Un cuerpo desplazándose a través de un espacio en espera de que la mirada encuentre algo que resuene en su interior, no implica solo una afinidad visual, sino también una conexión afectiva. Esta es, a mi juicio, una de las partes mágicas de la fotografía (al menos de la que yo practico): buscar en aquello que se despliega ante nosotros algo que nos haga vibrar. Algo que seduce, conmueve; algo que enamora.
Esta búsqueda requiere dedicarle atención al espacio que recorremos, al lugar al que nos hemos desplazado. Sin atención nos volvemos sordos a lo que ese espacio puede ofrecernos. Todos nuestros sentidos están ahí: en cada estímulo que nos alcanza. Esta atención nos conecta con muchas dimensiones: la física, la emocional, la estética, la sonora, la lumínica, la de los estados de ánimo o la de las expectativas. Fotografiar es poner atención en eso que podría despertar en nosotros una emoción.
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| © Fernando Puche |
Por eso, el objetivo último de la fotografía no debería ser producir muchas fotos, sino encontrar aquello que vibra con nuestra misma frecuencia. Esas realidades a las que nos sentimos conectados. No deja de ser una experiencia trascendente que nos une al mundo. Y por eso un espacio no es el mismo descubierto a través de una imagen que habiéndolo explorado. Como no es igual ver a alguien fumar en pipa que fumar tú mismo. Son dos vivencias completamente diferentes.
En este caso la IA nos desconecta de los lugares anulando el contacto entre autor y realidad fotografiada. Esa distancia nos aleja del universo de los sentidos, del que solo sobrevive el de la vista porque el cuerpo ha sido excluido de la experiencia fotográfica. Con la IA no podemos interactuar con aquello que deseamos captar, pues la pantalla sustituye a un mundo físico que ya no es necesario para crear imágenes. El resultado, la foto, ya no necesita al objeto. Nosotros ordenamos y el algoritmo calcula. Hay que reconocer que es cómodo, limpio y rápido. También que va a ser difícil pedirles a las nuevas generaciones que pasen por lo que miles de personas tuvieron que pasar para poder captar sus maravillosas imágenes. Va a ser difícil ahora que lo pueden ver todo sin necesidad de vivirlo.
Y es que la IA lo ve todo, pero no siente nada.
Fernando Puche
Fernando Puche lleva casi cuarenta años haciendo fotos y casi veinticinco escribiendo sobre fotografía. Una cosa llevó a la otra y ambas a publicar libros. Seguramente son excusas para tener la cabeza ocupada, intentar ser mejor fotógrafo y escribir cosas que puedan interesar a los demás. Excusas para seguir experimentando la fotografía.
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