Dicen que la creatividad es imposible sin conciencia. Quizá la IA sea inteligente a su manera, aunque no es consciente a nuestra manera. Es generativa, rápida, funcional, brillante, es hábil hallando soluciones, pero no entiende lo que hace. Es una máquina que solo piensa cuando se le pide y solo actúa cuando un humano le ordena hacerlo; que calcula cuando se le programa para ello y crea cosas porque alguien ha decidido que lo haga.
Hacer fotos, hasta ahora, significaba ser conscientes de muchas cosas. La primera es la de tener ese impulso: el de querer crear algo, de realizar una foto o varias, de desear captar un objeto y no el de al lado.
Aunque en realidad, hacer fotos, hasta ahora, significaba ser conscientes de una infinidad de aspectos. De pasar calor o frío, del terreno que pisamos, del tiempo transcurrido, de si es de día o de noche, de estar moviéndonos o tener ganas de orinar. Hacer fotos significaba sentir el sudor, el cansancio, el hambre. Ser conscientes de si estás contento o desanimado, si te mueve el deseo o la necesidad, si las piernas se agotan o el equipo te pesa.
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| © Fernando Puche |
Hacer fotos significaba ser conscientes de lo que se mira, se busca o se anhela. De si estás cumpliendo tus expectativas o no, si lo que ves es significativo o irrelevante, si te deja indiferente o pensativo, si lo que estás captando puede ser suficiente o no, si lo que ves encaja con lo que soñabas, si estás inspirado o espeso, de si se te hace tarde o te sobra tiempo.
Hacer fotos, hasta ahora, significaba ser conscientes de las herramientas que llevas y cuáles utilizas, de si haces una sola toma o terminas haciendo tres por si acaso, si compones la foto en horizontal o en vertical, si la prefieres en blanco y negro o en color, si enfocas más cerca o más lejos, de donde colocas el trípode, donde sitúas el horizonte, donde pones el centro de atención o donde cortas el primer plano.
Hacer fotos, hasta ahora, significaba ser conscientes de lo que queríamos expresar con ese rostro, de lo que deseábamos encontrar en ese lugar o lo que nos gustaría que los demás viesen en esa naturaleza muerta. De si la luz es directa o difusa, si las sombras son demasiado densas o los colores demasiado saturados. Ser conscientes de si las texturas son evidentes o apenas se aprecian, de si ese es el momento decisivo o hay que volver al día siguiente, la próxima semana, el próximo año.
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| © Fernando Puche |
El hecho de salir a hacer fotos conlleva todo esto, y más cosas que no enumero porque haría este artículo muy tedioso. Por ejemplo, conlleva ser consciente de si lo que haces te llena o te aburre, aunque el resultado sea idéntico al generado por una IA: una imagen reconocible de un rostro humano, una fábrica abandonada, un paisaje al atardecer o una multitud esperando al autobús en la calle. El algoritmo no es consciente de ninguno de estos aspectos. No puede. Está fuera de su ser, de sus capacidades, de su esfera de trabajo. Su misión no es ser consciente de lo que hace, sino producir. «Solo» calcula posibilidades y aplica la programación establecida, el patrón que se le dicta. Su mérito es crear de la manera que lo hace: mucho más rápido y mucho más eficiente. Para lograrlo no necesita entender nada.
Si las imágenes creadas por un algoritmo serán indistinguibles de las creadas por una persona, queda preguntarnos cuál será en el futuro el cometido del autor y si el papel de la fotografía en nuestras vidas ha de trascender el mero hecho de crear imágenes.
Fernando PucheFernando Puche lleva casi cuarenta años haciendo fotos y casi veinticinco escribiendo sobre fotografía. Una cosa llevó a la otra y ambas a publicar libros. Seguramente son excusas para tener la cabeza ocupada, intentar ser mejor fotógrafo y escribir cosas que puedan interesar a los demás. Excusas para seguir experimentando la fotografía.


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