Sentir. Este verbo encabezaba el segundo capítulo de una serie que publiqué en este mismo blog hace un tiempo. Una serie que titulé curiosamente: La fotografía antes de la IA. (*)
Siempre he defendido que sentir es una de las acciones fundamentales para hacer fotos. Hay que mirar, ver, buscar y decidir, por supuesto. Pero sin sentimientos la foto se queda en un registro vacío, inerte, testimonial. Porque lo que sentimos ante eso que decidimos fotografiar es una de las bases, quizá una de las más importantes, del proceso fotográfico. Una persona que pretende crear fotografías desde su particular manera de percibir el mundo, es ante todo alguien que siente.
Pero, claro, con la IA no necesitamos sentir algo ante lo que decidimos fotografiar porque ya no es necesario tenerlo delante. Todo lo más, ver qué sentimos con cada imagen que nos devuelve el algoritmo. La percepción humana del mundo se vuelve irrelevante, y es que la imagen que crea la máquina no posee referencia alguna a nada que podamos reconocer dentro de nuestra propia experiencia, más allá de la verosimilitud con lo que conocemos.
Al generar esas imágenes que nuestra mente desea, el algoritmo está también generando la existencia de una nueva realidad que irá quedando grabada en el cerebro a través de las retinas. Un mundo que no tendrá como referencia lo que vieron nuestros ojos, sino la combinación algorítmica de millones de imágenes previamente creadas. La realidad física dejará de ser imprescindible.
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| © Fernando Puche |
Esto significa que, como fotógrafos, nuestro diálogo con lo que nos rodea va a cambiar. En realidad, ya lo ha hecho y lleva cambiando desde hace siglos. Imagino que seguiremos viajando, aunque la mayoría de imágenes que fabriquemos serán producidas sin que el mundo esté presente. Dialogaremos con lo que la máquina nos ofrezca y solo se necesitará un algoritmo y un millón de imágenes guardadas listas para su uso. Será una realidad híbrida, creada a base de parches, como un Frankenstein visual.
Sin embargo, el diálogo con el entorno nos define como seres humanos. Construye la memoria, determina los estímulos y condiciona las respuestas. El contacto con lo de «ahí fuera» nos construye por dentro (neuronas, sinapsis, recuerdos, activaciones, significados…). En su libro No-cosas, el filósofo Byung-Chul Han afirma que el big data proporciona un conocimiento rudimentario, pues se queda en las correlaciones y el reconocimiento de patrones, en los cuales, sin embargo, nada se comprende. El pensamiento humano, continúa, es más que cálculo y resolución de problemas, pues tiene una profundidad que no poseen los datos. Y es que el mundo se convierte «en algo para nosotros» en función de cómo nos afecta y cómo lo sentimos.
Es muy posible que para todas aquellas personas que han repetido hasta la saciedad y durante mucho tiempo que la fotografía miente, esto no será más que el paso lógico de una imagen subjetiva, sesgada e incompleta generada por un humano, a una imagen arbitraria, limitada y parcial generada por una máquina. Pero para las personas que hemos hecho de la fotografía un proceso orgánico, a la vez que sensorial, de búsqueda, de percepción, de contacto con el mundo y de integración de esas sensaciones, puede que la IA nos esté quitando una de las mejores cosas que hasta ahora tenía la fotografía (al menos para mí): la creación de un símbolo visual que refleje nuestra relación física con lo que nos rodea.
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| © Fernando Puche |
El mundo creado a partir de combinaciones algorítmicas será, eso seguro, diferente del que podemos percibir ahora cuando lo experimentamos en primera persona. Puede que sea un mundo mejor, creado a partir de imágenes visualmente estimulantes, puntos de vista atractivos y colores sugerentes. Será el mundo del futuro, en el cual dejará de ser un problema no tener una cámara de fotos (o un artilugio con determinadas prestaciones), no tener tiempo, no saber dónde ir o no tener capacidad creativa. Reconozcamos al menos que realizar fotografías será bastante más sencillo.
Las cosas que nos rodean, al margen de cómo las fotografiemos, seguirán existiendo con independencia de nosotros, aunque nuestra relación variará mucho en función de si interactuamos directamente con ellas o las veamos a través de una pantalla. Así pues, si aceptamos que las transformaciones a gran escala están fuera de nuestro control y que eso que denominamos «mundo» seguirá cambiando ad infinitum, no se trataría tanto de elegir qué herramientas utilizar, sino de qué vínculo queremos tener con los espacios físicos a la hora de crear fotografías (si es que deseamos tener alguna).
El riesgo, por tanto, no es que las máquinas hagan las fotos que no podemos o no queremos hacer (porque esto ya sucede), sino que logren que, como fotógrafos, acabemos teniendo una relación con el mundo a base de prompts, es decir, a distancia. Una relación llena de luz y de color, pero vacía de otras muchas sensaciones que van más allá de la vista. Una relación donde no exista el contacto físico, que podría dar lugar, quién sabe, a la figura del fotógrafo Hikikomori.
Fernando PucheFernando Puche lleva casi cuarenta años haciendo fotos y casi veinticinco escribiendo sobre fotografía. Una cosa llevó a la otra y ambas a publicar libros. Seguramente son excusas para tener la cabeza ocupada, intentar ser mejor fotógrafo y escribir cosas que puedan interesar a los demás. Excusas para seguir experimentando la fotografía.


Comentarios
Es necesario hablar, dialogar, con lo que se va a fotografiar, ya sean personas, Bruce Davison y la gente que vivía en Harlen, en la “Calle 100 este”, o paisajes, Michael Kenna y la isla de “Hokkaido”. El diálogo con cualquier IA generativa no pasa de “buenos días, en que puedo ayudarte hoy ☺”.
Me alegra que menciones a Byung-Chul Han. A lo largo de sus recurrentes libros, suele citar con frecuencia a Roland Barthes y, en especial, en “La salvación de lo bello”, Ed. Herder, 2023, hablando sobre la estética.
Un saludo.