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Fotografía e Inteligencia Artificial (XVIII)

Últimamente, en los discursos sobre Inteligencia Artificial, escucho demasiado a menudo la palabra «eficiencia». Parece ser que el mundo será mucho mejor si somos más eficientes, y a mí esto me genera dudas. ¿Qué es en realidad ser más eficiente?

La fotografía no se libra de este debate, pues siempre existió el impulso tecnológico de mejorar las cosas, hacerlas más sencillas y en menor tiempo. Una fotografía más eficiente es aquella, imagino, que cuesta menos realizarla, que se crea más rápido, que requiere menos dinero. Si la razón última de la fotografía es crear imágenes, las máquinas ya nos ganaron hace muchos años. Las máquinas hacen más fotos, más rápido y a menudo con una menor inversión monetaria a la larga. Pero no solo hacen más fotos, calculan mejor, conducen muchas más horas, retocan con mayor delicadeza, imprimen a más velocidad, producen muchísima más comida, nos llevan de un sitio a otro en menos tiempo, cavan más hondo, golpean más fuerte, extraen con mayor intensidad y, entre una infinidad de cosas, reparten con un menor gasto de energía. Competir con ellas en su terreno es absurdo. 

© Fernando Puche

Podemos intentar «competir» en aquellos campos en los que no pueden igualarnos. Porque hacer fotos no va solamente de hacer muchas, muy rápido o muy modernas. Hacer fotos va de bastantes más cosas, aunque durante mis primeros años quise también producir mucho. A más imágenes, mayor probabilidad de obtener unas cuantas que sean buenas, pensaba. Es lógico; estás empezando, estás aprendiendo, estás probándote a ti mismo. La mayoría de esas imágenes siguen metidas en cajas sin que nadie las haya visto desde entonces. Producir cumple una función, por supuesto, pero es un medio, no la meta. 

Cuando me empezó a bajar la fiebre por hacer muchas fotos, comencé a entender otras cosas. Entre ellas, que cada imagen era una parte de mí, que procedía de mi memoria, surgía gracias a mi esfuerzo y reflejaba lo que buscaba en ese momento de la vida. Fue en esos años cuando empecé a comprender lo que significaba la fotografía en mi vida. Y lo primero que averigüé es que canalizaba mis ansias por expresarme. No solo producía fotos del mundo; quería llegar a los demás con mis imágenes de otros lugares. El planeta, como la propia fotografía, era un medio.

Aprendí que al expresarme estaba desnudando mi alma, aunque fuese pudoroso y solo dejase ver una parte de ella. Al desnudarme mostraba lo que tenía dentro, y eso también era útil para mí en la medida en que me enfrentaba a mis anhelos y a mis fobias. Mientras aprendía cosas sobre el mundo, también aprendía sobre mí mismo. Y esto me llevó a entender el papel de los recuerdos y de la parte emocional. Si busco expresarme, entonces también estoy involucrando a las emociones, que son las que, entre otros aspectos, determinan por qué tomamos una foto y no otra. Aprendí que trataba de emular los sentimientos asociados a las fotos que habían marcado mi carrera. Buscaba ese éxtasis, esa belleza, ese entusiasmo, esa palpitación, ese orgullo, esa euforia. 

Las fotos no fueron pasando a un segundo plano, pero fui produciendo cada vez menos a medida que entendía el papel que desempeñaban en mi vida. Aprendí a hacer menos fotos, pero más sentidas; menos enfocadas, pero más profundas; menos «bellas», pero más conectadas a cada etapa de mi existencia; menos saturadas, pero más discursivas. Aprendí que cada foto no es un trofeo de caza, sino el reflejo de lo que habita en mi cabeza.

© Fernando Puche

Realizar un número elevado de fotos se volvió insustancial estúpido, absurdo. Producir muchas se volvió superficial y anodino. No necesitaba hacer más para sacar lo que llevaba dentro y mostrárselo a los demás. Solo necesitaba entender el proceso que me conducía a utilizar una cámara, buscar ciertas cosas y fotografiarlas de una manera precisa. Nunca soñé con una máquina que hiciese las fotos por mí; en todo caso eché de menos que alguien me hubiera explicado algunas de estas cosas antes de haber cumplido los cuarenta. Ahora ya da igual; solo quiero hacer fotos de las que sentirme orgulloso y para eso no necesito máquinas con algoritmos, sino entender qué le pido a la vida para estar a gusto conmigo mismo.  

Entiendo que la fotografía eficiente es la que busca generar beneficios, porque si no buscas dinero, no creo que sea muy distinto tardar en hacerla un día o una semana. La IA es tremendamente productiva, rápida y sencilla, y además no necesitas entender cómo trabaja para utilizarla, solo darle la orden, porque la IA no está hecha para que entiendas su funcionamiento, sino para que aproveches su velocidad, su sencillez, su eficiencia. Es como esa bebida energética que te da alas, que no necesitas saber de qué está hecha, solo que puedes volar con ella. 

Creo que una de las diferencias más grandes entre nosotros y la IA es que buscamos cosas distintas. El algoritmo, de momento, busca ser eficiente y las personas buscamos darle sentido a la vida. Quien necesite la IA para lograrlo, adelante con ello. Pero no perdamos de vista que hacer fotos es una forma de expresión artística que hunde sus raíces en nuestro sustrato emotivo y en cómo habitamos este planeta. La foto es el medio; la meta somos nosotros. 

Fernando Puche

Por razones técnicas los eventuales comentarios no deben exceder en extensión las 500/600 palabras. Todos los comentarios están sujetos a moderación.

Fernando Puche lleva casi cuarenta años haciendo fotos y casi veinticinco escribiendo sobre fotografía. Una cosa llevó a la otra y ambas a publicar libros. Seguramente son excusas para tener la cabeza ocupada, intentar ser mejor fotógrafo y escribir cosas que puedan interesar a los demás. Excusas para seguir experimentando la fotografía.

Web de Fernando Puche          

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