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Fotografía e Inteligencia Artificial (Distopía Cuarta)

Esta historia comenzó con una pregunta, que es como empiezan las cosas. Nada surge así como así, del vacío; antes ha de haber una duda, una pregunta, que al fin y al cabo son lo mismo. Este mundo, este que vemos y pisamos, nació así, de una cuestión que llevamos tres mil años intentando resolver: ¿Es posible un mundo donde coexistan el cariño y la miseria, la ternura y el desprecio? Y a partir de este dilema surgió el mundo que conocemos. Lo mismo le pasó a Marcelo: se planteó una duda y ya no pudo parar. ¿No sería mejor dejar de visitar lugares y crear fotos sin salir de casa? Ojo al interrogante, porque esta historia nace de la respuesta que dio Marcelo a su propia cuestión: ¡Por supuesto!

Al principio los ojos le hacían chiribitas pensando en todo lo que iba a economizar. Se acabaron los viajes aburridos, las mañanas nubladas, los días lluviosos, las tiendas cerradas, los bares cutres, las tardes eternas, el cielo enfurruñado, las noches escasas. Dejó de pensar en todo lo que se ahorraba porque le habría llevado una semana y media y quería empezar de inmediato con su nueva vida.

Marcelo le contó a la máquina su deseo: el rostro ajado, esotérico y desconcertante del ángel de la venganza. La máquina no se volvió loca porque eso concretamente, volverse loca, se lo habían prohibido. Lo primero que pensó la máquina fue: «no me merezco esto». Y luego se preguntó: «¿no tiene este individuo nada mejor que hacer?» No se pudo responder a sí misma porque no estaba programada para contestar sus propias preguntas. Así que no le quedó más remedio que darle al individuo lo que pedía. Y le dio el rostro ajado, esotérico y desconcertante del ángel de la venganza. Al principio a Marcelo le disgustó; le pareció una cara demasiado ajada, muy esotérica y en extremo desconcertante. No se lo esperaba, pero eso fue precisamente lo que más le gustó: fue una sorpresa total. 

© Fernando Puche

Se dedicó a estudiarla durante unos minutos, que pronto se convirtieron en horas. Había algo hipnótico en ese rostro; algo que no podía dejar de observar. Tenía una mirada obtusa, un gesto asimétrico, unas facciones vaporosas, un ángulo imposible, una ternura penetrante y un misterio aterrador. Si era la cara de un ser humano real, ese ejemplar era un ser todopoderoso. Y si era la cara de una persona ficticia, entonces habría que crearla. Ahí la tenía delante para disfrutar de ella, de su imagen, el resto de su vida. Y si era un ángel, entonces tenía el gesto de tener un mensaje para él, para Marcelo.

«Este rostro tiene algo –pensó Marcelo– y voy a descubrirlo.» Estaba seguro de poder encontrar los errores de la máquina: eso que añadía a las facciones de la gente para que nadie pudiese dejar de mirar esos retratos. Él sería el primero, estaba convencido. No era un capricho; era una misión. Empezó con los ojos y vio que, en cierta manera, se parecían a los suyos. Un poco menos oblicuos, algo más separados, quizá de un tamaño ligeramente mayor. La mirada le interpelaba directamente a él, como pidiéndole una explicación. Por eso se centró en el gesto, que a primera vista simulaba algo artificial y después de un rato de observación parecía del todo sobrenatural. ¿Es posible que alguna vez Marcelo hubiese tenido un gesto similar? Era viable. Se acordó de cuando escuchó su primera historia de terror y la persona que la contaba acercó su cara a la suya. Él no quería mostrar miedo y mantuvo la mirada desafiante, aunque vacía de rencor. «Ese gesto no es mío –pensó–, pero podía haberlo sido.»

La boca estaba entreabierta, dejando entrever una fila de dientes blancos y bien colocados. Parecía estar a punto de emitir un juicio, una blasfemia. Una boca activa, dispuesta a pasar a la acción y romper el carácter estático de la imagen. Marcelo se vio reflejado en esa boca, en esas ganas de gritar algo, de ofender, de asustar con las palabras. Él no era de perder los modales, y por eso se quedaba muchas veces con las ganas de decir cosas que podían dañar. Las palabras permanecían, a punto de salir, en el vestíbulo, justo antes de hacerse audibles. Cómo entendía al ángel de la venganza; ambos sentían lo mismo. Había demasiadas personas que no merecían vivir, que eran mezquinas, déspotas, miserables. Que necesitaban que alguien les dijese la verdad, aunque resultase hiriente. Y él quería convertirse en ese alguien. Lo llevaba deseando desde la adolescencia.

© Fernando Puche

La nariz estaba torcida, acompañando al gesto. Angulosa, nada pequeña, proyectando la cara hacia afuera. Su nariz era distinta, pero cuando se enfadaba también la giraba. Fue al baño y se miró en el espejo. Exacto: cuando su rostro adoptaba la rabia y el desprecio como sentimientos prevalentes, entonces su nariz se torcía igual, mutaba en un órgano independiente que amenazaba con salirse de la cara y completar la venganza ella misma. ¿Se estaba transformando Marcelo en un tipo despreciable?

Pasó a explorar el pelo. Sabía que era de las cosas más difíciles de clonar para las máquinas. Casi siempre se equivocaban. Pelos de texturas imposibles, nada uniformes, de colores indefinidos, con direcciones extrañas y contrapuestas. El ángel llevaba un pelo que le nacía lejos de las cejas, dejando una frente amplia llena de arrugas y distorsiones cromáticas. Él ya no tenía el pelo de cuando era joven, y su frente había ido ensanchándose con la edad más de lo que a él le hubiera gustado. Eran frentes que proyectaban una franja de piel que atraía las miradas. Era el terreno baldío que separaba la cara del pelo, la tierra de las nubes, la casa del tejado. Sus arrugas eran mucho menos marcadas y, aun así, convertían su frente en un enorme aviso: aquí estoy.

El pelo, tal y como imaginaba, era imperfecto, deslavazado, inorgánico. Un pelo hecho de retales, de muestras, de desechos. Un pelo que parecía la conciencia de cualquier persona: mestiza, líquida, fugaz, mudable, porosa. Como la conciencia del propio Marcelo, que había cambiado tantas veces desde que supo que había llegado a este mundo, que a veces no sabía a ciencia cierta quién era.

Lo último en lo que se fijó fue en la piel de la cara. Irregular, llena de pequeñísimas protuberancias y cambios de rasante. La piel de quien ha vivido y no ha querido esconderse. De alguien que ha expuesto su rostro a las inclemencias más extremas de la naturaleza humana. Que ha visto la degradación y el sufrimiento. Una piel que ha recibido los embates de la angustia y el temor. «Esta sí que no es mi piel», sentenció Marcelo. Pero no se quedó a gusto del todo. ¿Podría serla en el futuro? ¿Podría convertirse en un ángel de la venganza?

© Fernando Puche

Cerró el programa, apagó el ordenador y se levantó de la mesa. Estaba intranquilo. ¿Por qué le pidió eso mismo a la máquina? ¿No podía haberle ordenado un paisaje bucólico? ¿Le había generado la máquina un retrato cualquiera o una metáfora? Se puso a recorrer el pasillo de su casa intentando discernir entre sus miedos y sus deseos. El rostro del ángel de la venganza no se le iba de la cabeza. Sabía que una foto actúa, en cierta manera, como reflejo de su autor, pero costaba creer que el algoritmo se hubiese convertido en oráculo. Que la imagen generada fuese al final el verdadero rostro de Marcelo, aquel que finalmente, tarde o temprano, le devolvería cualquier espejo. 

Obviamente, le horrorizó la idea. Procuró quitársela de la cabeza, pero le perseguía día y noche. La IA había dejado de ser una herramienta inocente para crear imágenes y había mutado en su ser con conciencia propia capaz de bucear en el alma de una persona y ofrecerle, no lo que deseaba, sino lo que era. Empezó a volverse irritable cada vez que su frente parecía agrandarse o su nariz se volvía angulosa y algo más prominente. «Me estoy transformando en él», pensaba una y otra vez. Un día quitó todos los espejos de casa y los tiró por la ventana.

Nunca más le pidió una imagen a un programa de IA, aunque apenas sirvió de algo. Para cuando tomó esa decisión había dejado de salir a la calle. Poco después ingresaba en un centro psiquiátrico. No hacía más que repetir que era el ángel de la venganza. Los vecinos comentaron a la policía que ya no reconocían su cara.

© Fernando Puche


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Fernando Puche lleva casi cuarenta años haciendo fotos y casi veinticinco escribiendo sobre fotografía. Una cosa llevó a la otra y ambas a publicar libros. Seguramente son excusas para tener la cabeza ocupada, intentar ser mejor fotógrafo y escribir cosas que puedan interesar a los demás. Excusas para seguir experimentando la fotografía.

Web de Fernando Puche        

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