Ahora que sabemos que la fotografía no va solo de hacer fotos, también sería necesario reconocer que la IA no va solo de ser eficiente. Al menos para no quedarnos en la crítica simple y superficial. Si a mí me molesta que valoren mis fotos solo por su supuesta «belleza», sería injusto valorar a la IA solo por su eficacia.
Las escasas veces que he solicitado la ayuda de un algoritmo para generar una imagen fotográfica ha sido para pedirle algo similar a lo que yo hago, o algo que se parezca, pero que aún no he sido capaz de fotografiar. De alguna manera, he utilizado la máquina para generar un reflejo de mis obras, una prolongación de mi trabajo. No deseaba experimentos «raros», sino un nivel de control muy alto para que el resultado estuviese acorde con lo que ya tengo en mi cabeza, que está llena de paisajes sublimes, sitios espectaculares y luces maravillosas. Le rogué a la máquina que cumpliese un sueño que había soñado demasiadas veces. Le pedí que se ciñese a ellos, a mis deseos, a mis quimeras.
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| © Fernando Puche |
Le dije que me generase imágenes de un bosque otoñal bajo un cúmulo de nubes de tormenta, un árbol ardiendo en medio de la nieve, el monte Everest reflejado en un lago de montaña. Yo he fotografiado cosas parecidas y he visto infinidad de obras ajenas de esos motivos. Forman parte de mi memoria. Le podía haber pedido al algoritmo algo más barroco, menos concreto, más alejado de mis intereses paisajísticos. Podía haberle pedido la imagen de una burbuja de aire atrapada en el hielo de un lago de Marte. O la imagen de un alga Kombu moviéndose entre los dientes de una ballena. O la imagen del interior del ojo de un escarabajo mientras duerme.
Las escasas veces que he solicitado la ayuda de una IA para generar una imagen fotográfica no ha sido para innovar, sino para buscar algo que yo ya he imaginado. Algo que se parece demasiado a cosas que he visto a lo largo de demasiados años. He utilizado el algoritmo como un esclavo, no como una caja de sorpresas. Por eso me cae tan mal, porque no he dejado que abra mi cabeza, que desafíe mi imaginación, que vaya más allá de lo que yo mismo no soy capaz de soñar. Porque repite lo que hago y lo repite mucho mejor.
La IA puede generar imágenes que nosotros no sabemos crear, mientras que nosotros sabemos realizar fotografías a través de un proceso orgánico que la IA no puede replicar. Cada herramienta tiene sus utilidades concretas y funcionan mejor cuando son usadas para lo que fueron diseñadas. Pedirle a la IA la imagen de un bosque en otoño es pedirle algo que los humanos hemos fotografiado millones de veces. Sabemos hacerlo y lo hacemos muy bien. Pedirle a alguien que fotografíe el interior de un agujero negro es pedirle un imposible. Zapatero a tus zapatos.
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| © Fernando Puche |
Pedirle a la IA una imagen del monte Everest reflejado en un lago es pedirle algo que yo ya conozco, pedirle algo familiar que entronca directamente con ese realismo mimético en que se basa buena parte de la fotografía. Dirigimos su proceso hacia algo que los humanos ya hemos hecho: retratar el mundo. ¿No sería mejor pedirle al algoritmo que genere los mundos que nosotros no podemos retratar? ¿No sería mejor pedirle al algoritmo que genere imágenes que las cámaras no pueden realizar? Si hubo un momento en la historia de la fotografía en que nos dimos cuenta de que la cámara servía para mucho más que para retratar un mundo parecido al que veían nuestros ojos (a través de largas exposiciones, modificación de los objetivos, alteración de la propia película, exposiciones múltiples, cámaras sin lente…), llegará un momento, digo yo, en que dejemos de utilizar la IA como si fuese una cámara. Y sigamos haciendo fotos, entre otras cosas, para capturar lo que el mundo provoca en nuestras vidas.
De alguna forma, si no vivimos de hacer fotos, estaremos libres para dejar de imitar lo que vemos y podremos utilizar la fotografía como experiencia vital, no solo como mecanismo imitador. Muchas personas ya lo hacen y lo llevan haciendo mucho tiempo. Si la fotografía liberó a la pintura de documentar lo que veíamos, el algoritmo puede liberar a los fotógrafos de seguir retratando el mundo tal y como lo hemos visto hasta ahora.
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| © Fernando Puche |
Hace décadas que en fotografía ya no es tan importante el realismo, lo visual, lo mimético. Que lo significativo es el mensaje, las sensaciones, el relato, lo íntimo, el lugar que ocupa esa foto en tu vida. Como señala acertadamente el editor y fotógrafo Brooks Jensen: «A Good photograph is not about photography.» Dejemos que la IA replique lo que ven nuestros ojos, o que genere mundos nuevos, y centrémonos en utilizar la fotografía como herramienta de introspección, de profundización, de identificación. Hagamos lo que el algoritmo no puede todavía: vivir el territorio, sentir la brisa, escuchar el ocaso, recordar las sensaciones, absorber los aromas, buscar la memoria, perseguir emociones, tocar la tierra o mirar lo invisible. Y luego tratar de hacer una foto que refleje eso (aunque se parezca a una foto que ya existe). No es fácil, pero es mejor que quedarse en casa intentando que una máquina haga ese trabajo.
La fotografía es tremendamente simbólica, pues en su mayoría no se refiere a lo que aparece en ella, sino a lo que la persona pretende con ello. La fotografía es un lenguaje, y como todo lenguaje utiliza símbolos que hacen referencia a determinadas realidades, más o menos obvias. El significado de la fotografía tiene mucho que ver con ese simbolismo, con esa grieta que se abre entre lo captado y lo pretendido, entre el modelo y la intención, entre el objeto y la sensación. Si la IA puede generar mundos nuevos, generemos nosotros los nuestros a partir de lo que el algoritmo no puede alcanzar: abrir el alma a la experiencia directa del mundo.
Porque para hacer eso no necesitamos ningún algoritmo.
Fernando Puche
Fernando Puche lleva casi cuarenta años haciendo fotos y casi veinticinco escribiendo sobre fotografía. Una cosa llevó a la otra y ambas a publicar libros. Seguramente son excusas para tener la cabeza ocupada, intentar ser mejor fotógrafo y escribir cosas que puedan interesar a los demás. Excusas para seguir experimentando la fotografía.



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