Si la fotografía ayuda a darle sentido a la vida (para mí al menos es así), es fácil entender que el proceso creativo también ayuda a darle sentido a la obra creada. La manera en cómo se crea algo tiene mucho que ver con el significado que eso mismo tiene para la persona que lo engendra. No es lo mismo encargar un botijo por internet que modelarlo con arcilla tú mismo. La función es similar, el objeto parece idéntico, pero la relación con el mismo cambia. Además, el modo de realizar las cosas tiene mucho que ver con lo que somos y en especial con lo que vivimos.
Uno de los problemas a la hora de seleccionar nuestra propia obra es precisamente la mirada sentimental que proyectamos sobre ella. El peso de los sentimientos, la energía utilizada, los apegos a ciertos elementos, la importancia de los lugares, nuestra irresistible afinidad hacia todo aquello que nos agrada, nos produce placer o nos enamora. Cada obra es un ejemplo de ese amor y de esa simpatía. La forma en que las cosas llegan a nuestra vida determina su importancia en nuestro devenir psicológico y afectivo. Hacer fotos con una cámara moderna recién comprada ha de comportar diferentes sensaciones que hacer lo mismo con una cámara que perteneció a un bisabuelo tuyo al que nunca llegaste a conocer y cuya historia de fotógrafo te contaba tu padre por las noches. Hay objetos que no son neutros, lo cual depende y mucho del relato que cargan con ellos.
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| © Fernando Puche |
A las fotos les pasa lo mismo. Nos transmiten unas cosas u otras en función de lo que significan para nosotros, y eso depende de cómo fueron hechas. Mi proceso creativo es similar al del resto del mundo. Imagino una idea, busco dónde fotografiarla, visito el lugar, planto el trípode, mido la luz, enfoco, compongo y aprieto el botón. Lo importante de ese proceso está en su primer paso: cómo llegan las ideas a nuestro cerebro. Las ideas surgen de la memoria; así que dependen de lo que hemos vivido, escuchado, comido, visto, leído, tocado, olido. Aunque no todo se queda grabado en forma de recuerdo, pues depende de su carga afectiva, y no todos los recuerdos tienen el mismo peso emocional. Mis paisajes proceden de todas las imágenes que soy capaz de rememorar, y de algunas que ya no recuerdo. Lo mezclas, lo aliñas, le añades sal y pimienta, lo dejas reposar y lo «vomitas». Por eso cada época de la vida genera unas obras distintas: porque utilizamos ingredientes distintos para aliñar y mezclamos de forma diferente. Con cada edad somos personas diferentes con otra memoria y otros sentimientos.
Cuando le pido una imagen a un programa de IA, le pido algo parecido a lo que le pediría a mi cámara, solo que no tengo que salir a buscar nada. Si afino mucho la búsqueda (cosa que no sé hacer) es muy posible que el algoritmo me devuelva una imagen muy parecida a alguna de las fotos que realicé hace años. Prueba de que no es necesario salir a fotografiar el otoño, la costa, los cielos tormentosos, el rastro de las estrellas, las cumbres nevadas o el atardecer sobre un desierto de arena blanca. Hasta aquí el proceso es casi idéntico. Vivo, siento, recuerdo, imagino y busco (o pido a la máquina). Nuestra vida está detrás de cada obra creada.
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| © Fernando Puche |
Una de las cosas que cambia con la IA es uno de los últimos eslabones de la cadena: la búsqueda física de eso que hemos imaginado. Y es que cuando vuelvo a ver mis fotografías hechas en Nueva Zelanda no puedo evitar acordarme de los cuatro meses que pasé recorriendo el país en bicicleta con mi cámara de formato medio a cuestas. Y no es solo la épica, sino las personas que conocí, el cansancio, la hospitalidad, los problemas mecánicos, la climatología, algunas dificultades con el idioma, los libros que adquirí, la soledad de algunos días… Cada foto de ese país representa un trozo de mi experiencia en las antípodas, y tiene relación con el momento vital que atravesaba.
Numerosas fotos hechas en Estados Unidos me recuerdan a las reservas indias, el calor de Arizona, la lluvia de Olympic National Park, el descubrimiento de la revista Outdoor Photographer, las tiendas de fotos, los desayunos fríos, la llegada a Yosemite, las conversaciones con otros fotógrafos, el desafío de encontrar algunos enclaves, la asistencia a un festival de fotografía en Sundance, ese oso merodeando por mi tienda de campaña, esa invitación a un concierto de rock…
Hay fotos de los Pirineos que me traen a la memoria los puertos de montaña, las noches al raso, el colorido del otoño, las caminatas interminables, los albergues solitarios, el silencio del alba, los bocadillos al anochecer…
Y otras muchas fotografías que rememoran encuentros maravillosos, dificultades extremas, conversaciones emotivas, carreteras infinitas, noches gélidas, muelas rotas, fronteras complicadas, película velada, reparaciones de urgencia, exposiciones inspiradoras, pensiones de mala muerte, permisos extraviados, dudas existenciales, ganas de llorar…
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| © Fernando Puche |
Todas estas cosas, y muchas más, las he vivido gracias a la fotografía. Gracias a llevar una cámara encima, al empeño por capturar luces espectaculares en espacios increíbles. Y todo esto ha sido parte, y aún lo es, de mi proceso creativo. Porque he ido haciendo las fotos que hoy atesoro gracias a todas y cada una de las experiencias que he vivido en los últimos cuarenta años. Ahora podría hacer lo mismo sin sudar, sin tener que pedir permisos, sin caminatas extenuantes, sin cargar peso a la espalda, sin pasar hambre o frío, sin gastarme los ahorros, sin que me roben las fotos hechas durante tres meses de viaje, sin desayunar donuts ni cenar sándwiches.
Pero me perdería los abrazos, las invitaciones, los consejos, las conversaciones, los chistes, las sonrisas, los deseos de buena suerte, las miradas y los besos. Porque esto también forma parte del proceso creativo, al menos del mío. Y cuando le das tanta importancia a cómo haces las cosas, te cuesta renunciar a ello. A veces por romanticismo, lo reconozco; a veces por cabezonería, que también; a veces por estupidez, claro que sí. La IA puede replicar todas y cada una de las fotos que he hecho a lo largo de mi carrera, pero no puede darme ni un ápice de lo que me dieron las personas que conocí y los lugares que visité. Ahora mismo –y sé que podría cambiar de opinión en el futuro– no cambiaría ni una de las sonrisas que me regalaron por todas las fotos del mundo.
Y esto también tiene que ver con el sentido de la vida fotográfica.
© Fernando Puche
Fernando Puche lleva casi cuarenta años haciendo fotos y casi veinticinco escribiendo sobre fotografía. Una cosa llevó a la otra y ambas a publicar libros. Seguramente son excusas para tener la cabeza ocupada, intentar ser mejor fotógrafo y escribir cosas que puedan interesar a los demás. Excusas para seguir experimentando la fotografía.




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