Leo en un artículo del científico y divulgador Javier Sampedro que «(…) la mente creativa no se basa en la mera aplicación de un método, sino que emerge de la exploración gratuita, de los pasos perdidos, del humor juguetón y del lado oscuro de la existencia.» (1)
En dicho artículo Sampedro cuenta que un modelo de IA generativa ha resuelto un problema que traía de cabeza a los matemáticos de todo el mundo desde 80 años atrás. Parece ser que los expertos opinan que la solución hallada por esta IA es «brillante y elegante», pero lo esencial del asunto radica en que la máquina no ha copiado al ser humano, puesto que se trataba de una conjetura que nadie antes había podido demostrar. Y esto parece desmentir a todas aquellas personas que opinan que la IA no es creativa porque lo único que hace es trabajar con soluciones previas realizadas por seres humanos.
Bueno, en esto nos parecemos demasiado máquinas y personas. Ambas trabajamos con la memoria, ya sea almacenada en el cerebro, en internet, en un dispositivo informático o en la nube. Crear es generar algo «novedoso» a partir de lo que ya existía. La máquina mezcla esa información según haya sido programada, y nosotros lo hacemos en función de lo que sabemos, de cómo sentimos, de lo que nos gusta. Efectivamente, si hubiese un único método para ser creativo, todos seríamos genios, artistas o inventores. Pero no; mezclar lo que conocemos de manera original es más complejo que imaginar a un burro volando. Así que vayámonos al lado oculto de la luna.
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| © Fernando Puche |
Para visitar ese «lado oscuro de la existencia» primero necesitamos haber vivido, algo que en el caso de una máquina habría que poner cuanto menos en duda. Si para vivir la vida presuponemos que antes hay que estar vivo, cualquier máquina se queda fuera de este supuesto. El lado oscuro de la existencia se refiere, imagino, a toda esa vida que corre en paralelo (y muchas veces de manera subterránea) a lo cotidiano, al trabajo diario, a las obligaciones, a las rutinas, a lo que se espera de cada persona o a lo que pensamos que debemos hacer. Es decir, la parte del subconsciente que nos acompaña insistentemente de principio a fin, pero que en muchas ocasiones no termina de salir a la luz. Hablamos de la genética, los sueños, las intuiciones, los impulsos, las obsesiones, las cosas que nos hacen llorar, sufrir, estremecernos, reír, sentirnos libres, bobos, ridículos, especiales, desdichados o exultantes. Es decir, todo aquello que está más allá del cuerpo, la razón, lo correcto o la lógica cartesiana. Aquello que está más allá de lo visible, lo razonable, lo esperable y hasta lo imaginable.
Claro está, que si le preguntamos a una IA por las cosas que le hacen gracia o que le ponen triste, seguramente obtengamos una respuesta medianamente lógica. ¿Significa eso que ha vivido? ¿Que a lo largo de su existencia como máquina ha ido definiendo esos patrones que a nosotros nos definen como personas? ¿Que sienten la alegría de escuchar un chiste gracioso o la pena de enterarse del fallecimiento de un familiar cercano? Obviamente, no, pero es capaz de mezclar lo que «conoce» de una manera a la que nosotros no llegamos. Si le pido una imagen del interior del ojo de un escarabajo mientras duerme, es muy posible que genere algo que a la mayoría de las personas jamás se les ocurriría. Aunque también es verdad que si les pides a cien personas que imaginen eso mismo, obtendrás cien versiones distintas. Otra cosa es que pueda fotografiarse. Aquí nos topamos con limitaciones técnicas.
| © Fernando Puche |
Estrictamente hablando, todavía no sabemos si los androides sueñan con ovejas eléctricas, pero parece ser que pueden ser creativos a su manera, aunque podamos poner en duda su forma de «vida». Por eso es más interesante, para quienes seguimos deseando hacer fotos (porque disfrutamos con ello), centrarnos más en lo que no puede hacer la IA que en lo que sí puede hacer. Porque cada nueva herramienta, cada nueva emulsión, cada nuevo avance tecnológico elimina del pedestal al héroe anterior y coloca a otro en su lugar. A rey muerto, rey puesto. Si el nuevo héroe es capaz de generar imágenes que no podemos fotografiar, capturemos cosas que el nuevo rey no sea capaz de vivir. Vayamos de verdad a ese «lado oscuro de la existencia» donde no llega, de momento, ninguna IA.
Para mí, el lado oscuro de la existencia tiene mucho que ver con los símbolos, que son esas figuras materiales, literarias, visuales o de otro tipo que aluden a otras ideas, valores o conceptos. Es decir, que simbolizan otra cosa, que hacen alusión a aspectos que no aparecen representados en la obra. Que nos llevan a otro espacio porque proceden de un lugar más profundo que aquello percibido a primera vista. El arte siempre fue simbólico porque dejó de ser útil cuando se separó de la artesanía y entró en el terreno de lo prescindible. ¿Cómo se hace para valorar algo que no necesitamos para sobrevivir? Pues le damos un valor alegórico. Un valor no sobre lo que se muestra, sino sobre lo que eso representa. Por eso la fotografía es tan metafórica, porque no alude solo a lo que puede verse, sino a lo que origina en la persona que la mira. A lo que esa persona siente, imagina, deduce, especula, sueña, percibe e interpreta. Este es el terreno de juego donde la IA no puede ganarnos. Al menos de momento.
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| © Fernando Puche |
Jugar aquí significa jugar a olvidarnos del aspecto del mundo a pesar de que trabajemos con él. Dejar en un segundo plano los colores, aunque aparezcan en nuestras fotos; obviar las texturas, aunque se vean a primera vista; trascender los objetos, aunque protagonicen la parte visible de la imagen. Y utilizar todo ello para crear fotografías que representen, a través de colores, texturas y objetos, lo que la vida –la de verdad– produce en nosotros. Los estados de ánimo, las sensaciones, los sueños, la cinestesia, los recuerdos semienterrados, las proyecciones mentales, los deseos escondidos, las ganas de amar, vivir, llorar, sentir, gritar, debatir o mostrar.
Continuemos utilizando la fotografía para decirle al mundo que nos interesa su aspecto, pero que nos importa aún más lo que ese mismo mundo evoca, recuerda, palpita, despierta, sugiere o resuena en nosotros. Que nos interesa todavía más lo que nos empuja, nos agrede, nos interpela, nos afianza, nos estremece o nos embelesa de lo que vivimos. De eso se trata cuando se habla de fotografiar lo que no puede verse, que no es otra cosa que tratar de fotografiar lo que impulsa a la persona que hace la foto a dedicar parte de su vida a mostrarnos el aspecto del mundo.
No es obligatorio hacerlo así, faltaría más, pero podría ser una buena manera de dejar de preocuparnos por ese eslogan facilón y superficial que no para de afirmar que la IA acabará con la fotografía. En el 2004 alguien vaticinó que la película fotográfica no duraría más de dos años. Y aquí seguimos.
Pues eso.
© Fernando Puche



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