Bien; de momento es verdad que la IA no ha acabado con la fotografía (ni siquiera con el carrete), y esperemos que no lo haga. Pero lo que sí ha hecho ha sido poner de nuevo la mirada sobre la figura del autor. Porque, vamos a ver, ¿quién es el autor de esa imagen magnífica y realista que nos devuelve el algoritmo a partir de una orden nuestra? ¿Es autor o autora quien ejecuta, quien piensa, quien ordena, quien proyecta? ¿Solamente quién hace todo esto?
La fotografía, para variar, no ha sido ajena a este apasionante debate, pues desde su misma invención ha estado sujeta a numerosas críticas que reducían el papel de la persona que utilizaba una cámara de fotos al de un mero asistente técnico. Recordemos que, según esta visión, el fotógrafo no creaba nada, solo copiaba la realidad. Tuvieron que pasar años y argumentar mucho para convencer a los más escépticos de que esa misma persona que se ocultaba bajo el trapo negro extraía del entorno una representación sesgada en un momento concreto y bajo unas condiciones determinadas. Y que esa representación no era la realidad, sino un reflejo subjetivo y limitado de eso que había frente al aparato.
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| © Fernando Puche |
De hecho, la fotografía digital y el retoque con diversos programas informáticos trajeron ciertos ecos de esa misma polémica al cuestionarse los límites de la manipulación para poder llamar «fotografía» al resultado y poder llamar «autor» a quien había fabricado parte de esa supuesta fotografía a través de un software y un más o menos laborioso proceso de corta y pega. El arte conceptual dinamitó hace muchos años algunas de estas categorías al colocar en el pedestal la idea que daba lugar a la obra u objeto. El autor era quien pensaba, no necesariamente quien ejecutaba. Ahí tenemos al archifamoso Jeff Koons y su numeroso equipo de trabajadores, que son quienes realmente fabrican esos globos enormes con forma de perro, los cuales pueden llegar a venderse por decenas de miles de euros.
Así pues, no seamos puristas. Quien maneja una cámara de fotos no reside en una torre de marfil en completo aislamiento y lejos del mundanal ruido. En general, vivimos inmersos dentro de grupos sociales con sus gustos y sus tendencias. La persona que crea lo hace desde su escala de valores, su memoria, su ética y sus gustos personales, modelados poco o mucho por el ambiente donde desarrolla su labor artística. Crear algo es hacerlo desde nuestros parámetros y a través de nuestras certezas. De la nada solo surge la nada.
De hecho, una persona que hace fotos tiene en su cabeza cientos de imágenes dando vueltas, las cuales constituyen una memoria visual que marca muchos de los caminos que pisamos cada vez que salimos con una cámara en las manos. No somos puros; estamos hechos de recuerdos, y son ellos los que modelan buena parte de nuestras creaciones. Referencias, patrones, ídolos, amistades, libros, sueños, exposiciones, etc. Fotografiar, decía alguien, es perseguir a aquellos que nos precedieron. Mejor o peor, más o menos conscientemente, literal o parcialmente. Da igual, somos lo que vemos, escuchamos, olemos y tocamos. Y todas esas sensaciones nos configuran como personas, como creadores, como fabricantes de imágenes.
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| © Fernando Puche |
Quien le pide una imagen determinada a una IA, también está pidiendo algo desde esa configuración que ha modelado sus vivencias, sentimientos y memorias. La idea es suya, o tan suya como la de quien pega un plátano a la pared u ordena fabricar un perro gigante de acero inoxidable. Es evidente que existe cierta distancia entre realizar una fotografía yendo a un lugar concreto con una cámara y buscar aquello que nos puede convenir, y pedirle a una máquina que nos genere esa misma imagen o parecida. Así, de primeras, la principal diferencia está en el proceso de creación, porque podemos suponer que tanto quien aprieta el botón como quien da la orden son personas que buscan algo y que simplemente utilizan herramientas distintas. Así que la clave, creo yo, está en dilucidar si hay procesos más personales que «respetan» la autoría e independencia de quien ejecuta, y si los hay demasiado automatizados y lejos del control humano que nos separan de esa idea de «autor» tan romántica, pero también tan resbaladiza.
Hasta ahora, en general, se defendía la autoría de una foto en función de quien había operado la cámara (aunque no siempre ha sido así), porque entendíamos que esa era la persona que había decidido captar lo que luego aparecía en la imagen. Sin embargo, el que alguien ordene a un grupo de trabajadores fabricar una escultura no es tan diferente de pedirle a una máquina una imagen concreta. En ambos casos hay alguien detrás de la orden, de la idea, del proceso. Pero en el caso de la fotografía, tenemos además una noción largamente asentada en relación al modelo real al que alude una imagen creada utilizando una cámara (u otra herramienta similar). Llamamos a algo «fotografía» porque, en general, hace alusión a algo real que podemos identificar o intuir y que estuvo delante de la persona que decidió captarla. Por eso las imágenes hechas con IA se nos escurren de las manos, porque no se remiten a una realidad física tal y como podemos percibirla, sino a una creación algorítmica. Detrás de una imagen creada con IA no hay un paisaje real, un rostro conocido, un pueblo auténtico, sino una creación hecha a base de miles de imágenes: un collage de trozos de otras fotografías. Cuando le pedimos al algoritmo un retrato, lo que nos devuelve la máquina es, en palabras de la crítica de arte Charo Crego, un ser imaginario «carente de cualquier referente físico» (Charo Crego, El rostro (una geografía pictórica), Abada Editores, Madrid, 2026, pág. 157).
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| © Fernando Puche |
Y esto nos incomoda porque rompe muchas de las certezas que hasta ahora sustentaban nuestras ideas sobre la autoría y sobre la realización de fotografías. La certeza sobre el fotógrafo como alguien que capta lo que tiene delante, y la certeza sobre la fotografía como reflejo de una realidad que podemos ver, o haber visto, con nuestros ojos. Como ha sido habitual a lo largo de la Historia, las fronteras siguen difuminándose. De esta manera, si nos resulta incómodo llamar fotografía a una imagen generada íntegramente por una IA generativa, a lo mejor debemos buscarle otro nombre a quien genera el prompt, es decir, a la persona que da la orden a la máquina.
O no. Quién sabe. Quizá solo haya que volver a ampliar el abanico de tareas que se presuponen a la persona que crea fotografías. Igual que al principio el fotógrafo era alguien que manejaba una cámara, más tarde el propio aparato ya no fue imprescindible. Es más, con el tiempo dejó de ser obligatorio captar lo que uno tenía delante y hubo quienes optaron por “«fabricar» fotografías gracias al uso de programas informáticos.
Puede que solo sea cuestión de eliminar el referente físico de la ecuación fotográfica y aceptar que quien da la orden a una IA es el autor intelectual de una obra que ya no tiene como referencia lo real, sino la propia fotografía en su totalidad como expresión artística.
© Fernando Puche




Comentarios
Esperamos que también ese libro –en su caso– te resulte de interés.
Saludos