Quizá uno de los problemas con que nos enfrentamos a la hora de definir al autor de una fotografía (incluso eliminando el referente físico de la misma) tiene que ver con el esfuerzo, con la parte física que siempre se asoció al hecho de realizar una foto. Y no me refiero al esfuerzo titánico que supone hacerla desde la cima de un ochomil, a bordo de un velero que circunnavega el globo terráqueo o rodeado de hielo camino del Polo Norte mientras se arrastra un trineo de cincuenta kilos de peso. Hace mucho, pero mucho, que el esfuerzo que supone realizar una fotografía ya no es mérito suficiente para valorarla sobre cualquier otra consideración.
Y, sin embargo, hasta ahora a la persona que reclamaba ser autora de una fotografía se le presuponía un esfuerzo, una mirada sobre el entorno, un desplazamiento, una cierta actividad física fruto del manejo del equipo, la búsqueda de un motivo, el hecho de moverse en un espacio determinado, la realización de una, pocas o muchas instantáneas. Se trataba de una actividad que implicaba al cuerpo: a un cuerpo desplazándose hacia una meta. Da igual si ese cuerpo se encontraba sobre una silla de ruedas, si iba en avión o caminando. Quienes hacían fotos recorrían calles, patios, jardines, pueblos, continentes, océanos, ciudades o habitaciones.
| © Fernando Puche |
Es verdad que una persona puede hacer un trabajo magnífico sin moverse de su cama mientras fotografía la propia habitación donde se hallan sus objetos personales, sus recuerdos, sus fetiches. El espacio diminuto de su orden, su caos y su vida encapsulada. Pero esa misma persona recorre con la mirada lo que le rodea en busca de cosas significativas, hace suyo el espacio y lo explora para encontrar algo que le prometa una imagen con la que pueda identificarse. Esa persona aprieta el botón, decide el encuadre, la profundidad de campo (si puede), el momento, la orientación de la propia foto, etc. Este es el trabajo al que me refiero, que no ha de ser un esfuerzo físico importante, sino que podría ser una pequeña activación del cuerpo para explorar el lugar, llevarse la cámara o la herramienta que utilice a la altura de los ojos (o no), mirar en diferentes direcciones. Y mientras tanto, comparar lo que se ve con lo que ya se ha visto, con lo recordado, lo vivido y lo sentido. En definitiva, un esfuerzo creativo donde uno mira, siente, juzga y decide. El esfuerzo, mayor o menor, de encontrar en un sitio concreto algo trascendente. Sea ese sitio un establo o un parque nacional.
Este es el esfuerzo que resulta innecesario cuando le pides a una IA la imagen de algo que te gustaría obtener. Da igual si es un retrato, una naturaleza muerta, un paisaje, una instantánea urbana, un documento visual histórico, una experiencia soñada. Si ya no hay necesidad de aparato captador, de desplazamiento, de enclave donde explorar ni de mirada con la que recorrer ese enclave, solo nos queda el trabajo mental que hace cualquier persona que busca crear algo, sea una foto, un poema, una canción, un monumento o una coreografía. Este esfuerzo psíquico todavía es necesario, pero ¿es suficiente para considerarnos autores? ¿Le dejamos a la máquina tomar demasiadas decisiones?
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| © Fernando Puche |
Si le pidiera a la IA un grafiti, ¿quién sería el autor del mismo? ¿Y si le pidiese una canción o un poema? Preguntas que se nos escapan por las grietas de una historia del arte y de la creación que nos ha mostrado cosas que nunca pensamos que llegaríamos a ver. ¿Una lata de mierda, un lienzo en blanco, una foto generada íntegramente por una máquina? Sí, todo esto ya es pasado. Ahora nos queda, entre otras muchas, la tarea de dilucidar cuánto del proceso creador le pertenece al humano y cuánto a la máquina. Y a quién le corresponde en cada caso el título de «autor».
Una fotografía, hasta ahora, requería un esfuerzo que, en el menor de los casos, tenía que ver con las experiencias de la propia persona que realizaba la foto. Una vida, más o menos intensa o aburrida, que nos proveía de estímulos, vivencias, recuerdos y sensaciones. El «esfuerzo» de vivir para poder alimentar nuestro propio proceso creativo. El trabajo de recordar, comparar, desear, buscar y captar. La exclusividad de una fotografía reside precisamente en cómo el autor se expresa en ella. De hecho, cuando pagamos por una fotografía original, no estamos pagando por una imagen cualquiera, sino por un pedazo de esa persona transformado en imagen. Y para que esa foto por la que pagamos una cierta cantidad de dinero tenga algo de su autor, entonces la persona que la crea ha de atesorar algo dentro de su mente, su memoria, su cuerpo y su alma, para que la obra creada pueda reflejar o no una parte de esa existencia.
También es verdad que en el futuro podría suceder que las fotografías originales hechas sin ayuda de una IA se valoren aún más a medida que el mundo se vaya inundando de imágenes generadas por algoritmos. Y en este proceso quizá tengamos que empezar a diferenciar a quienes utilizan unas herramientas y a los que utilizan otras. A no ser que lo que de verdad importe sea solo el resultado final y se valore la idea por encima de todo. Aunque llegados a este punto habría que preguntarse por qué cuando apareció la fotografía digital existió durante años una limitación muy estricta de las herramientas digitales a la hora de concursar. ¿Había quizá cierta percepción de que ambos procesos –analógico y digital– determinaban el resultado final de manera distinta hasta el punto de crear un agravio comparativo? ¿La percepción de que las herramientas digitales hacían más fácil el proceso creador? ¿O era solo miedo a las nuevas tecnologías?
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| © Miguel Puche |
¿Estamos ahora en un momento similar? ¿Es mucho más sencillo pedirle a una IA generativa una imagen fotográfica perfectamente enfocada, correctamente compuesta, mejor iluminada y bien definida, que hacerlo con una cámara? Porque fotografiar no es solo hacer fotos; ni siquiera es cuestión de hacerlo muy bien o hacerlo menos bien. Fotografiar es pensar; así que una de las cosas que diferencia a la máquina de la persona es que la máquina no piensa como lo hacemos nosotros (si es que se le puede llamar pensar a combinar algorítmicamente imágenes). En primer lugar, porque no ha vivido como nosotros y, por tanto, no puede ser consciente de su pasado. No sabe de dónde viene, qué le empuja a buscar eso que genera. Este proceso cognitivo (pensar, recordar, comparar y decidir) es el que sustenta la creatividad. Y se trata de un desarrollo a lo largo del cual intuyes lo que cargas en tu interior mientras aprendes sobre el mundo que te rodea. Lógicamente, este proceso no solo nos construye como seres humanos por dentro y por fuera, sino que hasta hace muy poco le daba sentido al propio desarrollo creativo de una fotografía.
Mucho de ese esfuerzo cognitivo es el que se pierde con la IA y es el que hasta ahora, se le pedía al autor de una fotografía. Algo tan aparentemente simple como explorar un lugar, mirar alrededor, comparar lo visto, sentir, juzgar y decidir. Si en el futuro esto ya no será necesario para crear una fotografía será algo que tendremos que decidir entre todos.
© Fernando Puche



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