Y vamos a empezar imaginando a una fotógrafa, a la cual yo llamaré Marta, pero podéis nombrarla como queráis. Da igual su apariencia, aunque yo la visualizo como de estatura mediana, complexión atlética y de pelo liso y teñido de rosa. La edad la podéis poner vosotros. El caso es que a Marta le gusta la fotografía de naturaleza y le vamos a pedir un favor relativamente sencillo. Bueno, dos favores. El primero es que haga una foto de un atardecer a la orilla del mar. El segundo, que genere a través de un algoritmo una imagen parecida a la que haga con su cámara. Por supuesto, vamos a imaginar que ella, además de hacer fotos, sabe utilizar la IA. Marta es, ante todo, una persona moderna (no como yo).
![]() |
| © Fernando Puche |
Cuando comprueba en el respaldo de su cámara digital que ya tiene la foto que quería, entonces empaqueta las cosas y regresa al coche. Imaginemos que vive cerca de ese enclave y vuelve a su casa para cenar. Podéis visualizarla cenando algo sabroso y contundente; algo propio del Norte peninsular, por ejemplo. Un tiempo después, que cada cual decida cuándo, se pone con el ordenador a buscar una imagen similar, pero a través de un algoritmo. Abre el programa de IA a la que está suscrita desde hace casi un año y se pone manos a la obra. Le pide al programa que genere un atardecer a la orilla del mar, con unas piedras en primer plano y unas nubes rosáceas en el cielo. La podemos visualizar frente a la pantalla de su ordenador tomando un té verde con hierbabuena mientras escudriña cada una de las imágenes que genera el programa de IA. Lógicamente, las primeras pruebas no le convencen y afina varias veces la búsqueda, es decir, los prompts, hasta que la máquina le devuelve una que se parece bastante a lo que ella captó en la playa. Lograr la imagen con la que decide quedarse le ha llevado unos cuarenta minutos. El encargo, en teoría, ha terminado.
![]() |
| © Fernando Puche |
Por supuesto, Marta ha accedido a participar en este encargo porque la conocemos de hace muchos años y las amistades están para hacerse favores. Vamos a imaginar que quedamos con ella en un bar de su ciudad donde nos enseña la foto hecha con su cámara y la imagen que generó el algoritmo. Como es primavera y empieza a hacer calor, pedimos dos cervezas y una ración de chopitos. Hablamos de la perfección de la imagen generada por el algoritmo y de la secuencia seguida en cada caso. Tenemos toda la tarde por delante.
Una vez vistos los resultados, comenzamos a dialogar sobre las semejanzas de ambos procesos. En los dos casos Marta partía de su memoria visual, sus referentes, sus expectativas. Y en los dos buscaba una imagen determinada (atardecer, el mar, las nubes), aunque no supiese lo que obtendría finalmente. El factor sorpresa, o azar, existe tanto en ambos métodos. Por lo tanto, el proceso previo a la toma fotográfica, o al «prompt», es prácticamente idéntico y tiene que ver con los recuerdos, las referencias y los deseos. Buscar una imagen (fotográfica o algorítmica) significa proyectarse en la obra que se pretende crear.
Cuando Marta utiliza su cámara, primero ha de visitar el espacio donde desea captar la imagen. Es un proceso físico, el propio desplazamiento, aunque también mental, pues involucra una serie de decisiones relacionadas con el dónde y el cuándo. En segundo lugar, ha de explorar ese mismo espacio para decidir desde dónde hacer la foto, y esto implica el punto de vista, el encuadre (qué incluir y qué dejar fuera), así como la composición, es decir, cómo se distribuyen los diferentes motivos a lo largo y ancho de la imagen. Con el algoritmo la exploración desaparece, y con ella la decisión de qué se queda fuera del rectángulo. De todas formas, imagino que se puede elaborar un «prompt» donde se especifique la perspectiva (lateral, cenital…), los motivos a incluir y su disposición dentro de la imagen.
![]() |
| © Fernando Puche |
Al desaparecer el momento exploratorio con la IA, de alguna manera Marta deja de ser una transmisora activa entre lo que sucede a su alrededor y lo que eso mismo le provoca. Su receptividad se ve alterada, pues no es lo mismo percibir una realidad concreta antes de captarla que ordenarle al algoritmo una imagen planeada en su cabeza. Y esto nos sumerge de lleno en las aguas misteriosas del proceso creativo, es decir, en cómo llegó Marta a decidir que, frente a una realidad concreta, eligió fotografiarla de ese modo y no de otro. Este recorrido evocativo, neuronal y sensitivo se le escapa totalmente de las manos, según ella, cuando le da la orden al algoritmo. Tampoco sabemos, eso es verdad, lo que hace la IA cuando le pedimos una imagen; solo vemos el resultado final; así que aquí hay otro tipo de misterio, uno de tipo computacional frente al orgánico y emotivo que guía muchos de nuestros comportamientos.
Para finalizar, Marta nos cuenta que su experiencia contemplativa también desaparece con la IA. Esa vivencia de contemplar el paisaje queda reducida a contemplar las imágenes que te devuelve la máquina y a decidir en función de ellas, no de lo que el paisaje real te sugiere. Las sensaciones, obviamente, no pueden ser las mismas. Con la cámara explora un mundo físico, mientras que con el algoritmo descubre un mundo exclusivamente visual. Esto tiene un efecto profundo en la carga emocional del proceso y en el significado de la imagen resultante, pues la conexión de Marta con lo que ve (real o ficticio) es distinta.
Con la ración de chopitos ya en el estómago y las cervezas casi terminadas, coincidimos en que crear una fotografía es una experiencia compleja y profunda, pues procede del interior de la persona que la crea, lo haga de un modo u otro. Y que eso que llamamos arte debe de hallarse, de estar en algún sitio, en ese espacio inabarcable e íntimo que se sitúa entre la contemplación y el registro final. Un espacio que conforma un rompecabezas infinito. Y recordamos ambos una frase que nos encanta del fotógrafo estadounidense Philip Perkis, que viene a decir que una de las cosas que podemos hacer cuando de verdad nos interesa la fotografía es salir y buscarnos a nosotros mismos. O no, decimos al unísono mientras nos reímos de la sincronía mental.
Lo que queda por imaginar es muy sencillo: nos despedimos de Marta, le damos las gracias y ponemos rumbo a casa en coche mientras decidimos cómo queremos conectarnos al mundo cuando nos invadan de nuevo las ganas de crear una fotografía. Y el resto ya lo conocéis: suena «Isn`t It a Pity» de George Harrison al tiempo que un vehículo, el nuestro, abandona la ciudad alejándose por una carretera solitaria mientras van apareciendo los títulos de crédito. Ahora sí, nos levantamos de la butaca del cine y regresamos a nuestro hogar.
© Fernando Puche




Comentarios